martes, 17 de julio de 2012

Literatura y cosas que explotan


Una buena narración debe comenzar con tío apuntándole a otro a la cabeza con un arma, o con una violación, por poner dos buenos ejemplos, y debe finalizar también de un modo apabullante, con cosas que exploten o gente que muera en una escena catártica para el o los protagonistas.

Esto es al menos lo que entiende por literatura un porcentaje nada despreciable de los potenciales compradores de libros. Lo mismo pasa con el cine. Respeto a quienquiera que le guste “60 segundos”, película protagonizada por Nicolas Cage y Angelina Jolie, pero al mismo tiempo le argumentaré por qué a mí me parece una basura infecta. En todo caso no me interesa ahora entrar en lugares comunes sobre el respeto de cada uno a leer y disfrutar con lo que le dé la gana; lo doy por supuesto.

Ubaldo, con esa satisfacción que nos da sentirnos justamente indignados, ha venido a mí esgrimiendo en su mano el ensayo de Mario Vargas Llosa titulado “La cultura del espectáculo”.

-Amigo Enrique –me dice (es la única persona que se empeña en no llamarme Quique)-, el ensayo este dice cosas que ya decía yo hace años. Te recomiendo que lo leas.

-Ahora estoy con el conde de Montecristo –le digo.

-Léete al menos de la página 199 a la 222.

Y eso hago. El libro es un ensayo sobre la banalidad del arte en los tiempos que corren y, si es todo como el extracto que me ha recomendado Ubaldo, desde luego merece la pena. No podría hacer una crítica porque no lo he leído entero, pero me ha dado que pensar ya que trata un tema al que mi amigo y yo venimos dando vueltas en estos últimos días.

Nos dice Vargas Llosa: “No deja de ser una instructiva paradoja que […] en los países considerados más cultos, que son también los más libres y democráticos, la literatura se va convirtiendo, según una concepción generalizada, en un entretenimiento intrascendente…”. Como es sabido, para Vargas Llosa estos países panacea de la cultura y la democracia son los países capitalistas, como los miembros de la Unión Europea o los Estados Unidos. Y le parece paradójico que sea precisamente en estos países en los que el Arte haya devenido en entretenimiento insustancial.

No dejan de asombrarme el estupor y la contrariedad que manifiesta el autor, cuando ya en 1920 la escuela de Frankfurt nos hablaba de la cultura de masas como una vulgarización de la cultura, o cuando en 1940 Adorno y Horkheimer ya habían propuesto el concepto de industria de la cultura, según la cual el valor de la cultura dependía de su valor como mercancía, y nos advertían de cómo las personas, de modo inconsciente, se empapan de la ideología impuesta en ella a través de sus productos, ya sea en literatura, cine, o, por supuesto, la publicidad. O cuando desde 1960 la escuela llamada de economía política nos advertía de las consecuencias que tendría la sociedad mercantil en el desarrollo del arte y la cultura.

Los que más van al cine son los adolescentes norteamericanos; se entiende entonces que los avispados productores, que no son sino hombres de negocios, hagan el 99% de las películas pensando en satisfacer sus gustos. ¿Qué ocurre entonces? Pues que los productores en ciernes buscan repetir los éxitos de sus exitosos colegas. Manda el guarismo, es la dictadura de las estadísticas. La cultura, por fin, se pervierte y se banaliza.

Lo mismo pasa en la literatura. Si Stieg Larsson arrolla con su trilogía negra, es imperativo para los editores sacar novelas como churros que abunden en la misma temática, y mejor si también han sido escritas por autores suecos, por aquello de inventarse una corriente literaria, o, las más de las veces, para aturullar y confundir al lector con nombres parecidos, títulos similares y cubiertas que resultan ser copias impúdicas de su exitoso antecesor.

¿Tiene la culpa el editor/productor, la sociedad, los escritores…? Ninguno tiene la culpa. El editor y el productor son libres de buscar su lucro igual que lo buscamos todos, sobre todo si íntimamente son honestos y reconocen que lo único que les motiva es el dinero. El lector o el chico que paga su entrada de cine quieren que les entretengan, son un producto de los tiempos que corren, tiempos voraces como la lucha por el trabajo, tiempos fugaces como la brizna de atención que posamos con la ligereza de las mariposas sobre las páginas que navegamos por Internet, tiempos inocentes y poco sofisticados, porque no queda tiempo para más.

Luego, ¿es del escritor la culpa? Tampoco. Algunos, afortunados ellos, saben darle al editor lo que piden sus lectores, atinan. Otros, afortunados también a su manera, no desesperan y persisten en su mundo y su universo narrativo, a pesar de los desengaños y de lo cansado que resulta navegar contracorriente, pero con la satisfacción de ser fieles a sí mismos y en la esperanza de ser un día reconocidos. O simplemente leídos.

Quique Castro.

martes, 10 de julio de 2012

EC-GJL, crónica de un homicidio anunciado


EL ACCIDENTE, EL HOMICIDIO.

La catástrofe tuvo lugar un 13 de junio de 2002 a las 13:15 horas aproximadamente. El helicóptero BELL 212 con matrícula EC-GJL se partió en dos en pleno vuelo y cayó desde una altura de unos doscientos metros sobre el municipio de Toraiola, en Lleida.

El cono de cola se separó del helicóptero, que se precipitó al vacío girando sobre sí mismo hasta que estrello contra el suelo y se incendió. En el helicóptero viajaban ocho personas: piloto y copiloto, dos técnicos en termografía, un responsable de la compañía eléctrica y tres funcionarios del Departamento de Turismo e Industria de la Generalitat. Todos fallecieron.

Esta ha sido una de las mayores tragedias de la aviación civil ocurridas en España, y han tenido que pasar diez años para que el Juzgado de lo Penal 1 de Lleida dictara sentencia.

¿POR QUÉ OCURRIÓ?

La empresa HELIEUROPA SERVICE, administrada por Pedro María Sáenz de Maturana, había adquirido el fuselaje de este helicóptero a un museo militar  por 3.000 euros, y después lo rellenó con material procedente de accidentes aéreos y desgüace de aeronaves BELL UH-1H. La vieja carcasa pertenecía a un helicóptero militar encargado por el Gobierno español a la empresa italiana Augusta en 1966, y fue precisamente el aparato en el que Su Majestad el Rey don Juan Carlos I aprendió a pilotar.

La primera en darse cuenta de las irregularidades fue la Dirección General de Aviación Cívil (DGAC) de Francia, que tramitó una consulta a la DGAC de España sobre la aeronave siniestrada, ya que esta había sido contratada para operar en Marsella. El motivo de la consulta era que el número de serie (n/s 4010),  no correspondía a un helicóptero AB 205 A1, sino, probablemente, a un AB 205 (sin el A1), no convertible en AB 205 A1 y sin autorización para transportar pasajeros.

AB 205 – MILITAR.
AB 205 A1 – CIVIL.

El helicóptero fue suspendido de operaciones en Francia. La DGAC en España, sin embargo, emitió un certificado de matrícula como AB 205 A1 con categoría de transporte de pasajeros.

Resumiendo: HELIEUROPA SERVICE, propiedad de Pedro María Sáenz de Maturana, hizo pasar por civil un helicóptero militar para poder operarlo. En Francia este helicóptero fue suspendido de operaciones, mientras que en España, tanto la Dirección General de Aviación Civil (DGAC) como la Dirección de Seguridad de Vuelo (DGS) se limitaron a  tramitar nuevos certificados que validaran su operatividad. Certificados que, según la DGAC, aún siendo efectivamente expedidos nunca se llegaron a entregar a los propietarios de la aeronave, a pesar de que años más tarde estos propietarios denunciaron su robo para que les remitieran una nueva copia. En definitiva, un galimatías burocrático chapucero, ilegal y de oscuro discernimiento. Tan oscuro como el pasado de Pedro María Sáenz de Maturana, al que se ha llegado a vincular en sus tiempos como piloto con los atroces “vuelos de la muerte” de Pinochet, y que en 2011 fue puesto en libertad después de ser arrestado por su presunta vinculación en una organización de tráfico de material de guerra.

Esta es sólo una de las 96 irregularidades en que incurrieron los propietarios de la nave y que implican a la Dirección General de Aviación Civil, entre las cuales se cuentan las siguientes:

-El Centro de Mantenimiento de la aeronave no cumplía los procedimientos establecidos,
-Entre las actividades realizadas por el Centro de Mantenimiento figuraban trabajos no autorizados.
-La relación de útiles y herramientas especiales del Centro de Mantenimiento era insuficiente.
-Los manuales de mantenimiento para el modelo AB 205 estaban obsoletos y no tenían validez.
-Los cuadernos de inspección no estaban controlados.
-El cuaderno de revisión de las 1.200 horas fue copiado punto por punto del cuaderno de inspección de las 100 horas.
-Se le habían instalado piezas que no disponían de documentación.
-El control de rotables estaba incompleto y adolecía de graves carencias.
-El control de Boletines de Servicio estaba incompleto.
-La aeronave tenía piezas que habían sobrepasado su límite de vida o sobre las que el fabricante había dado instrucciones concretas para su retirada.
-El control de los partes de mantenimiento estaba incompleto.

Todas estas carencias habían sido puestas de manifiesto por la DGAC no en una, sino en varias inspecciones. No obstante, en todos los informes de inspección, se consideraba que, dentro de la Dirección de Operaciones, “la compañía cuenta con los medios necesarios para efectuar una operación normalizada”.


LA SENTENCIA.

Diez años duró la causa. Diez años reabriendo heridas. Y por fin se dictó sentencia, pero ¿se impartió justicia? El resultado final fue que todos los imputados fueron absueltos. En este caso ni siquiera ha podido decirse aquello de que “la justicia es lenta, pero implacable”.

A pesar de que todas y cada una de las 96 irregularidades cometidas fueron aceptadas en el juicio, el juez estimó que ninguna de ellas había sido causa suficiente para motivar el accidente y así, una tras otra, las fue desestimando acogiéndose a la fórmula “dubio pro reo”, es decir, que al existir duda, la balanza de la Justicia debe inclinarse a favor del acusado.

Tal vez, examinadas por separado, ninguna de estas noventa y seis irregularidades desestimadas fueran motivo suficiente para que tuviera lugar la catástrofe, pero si sumamos todas y cada una de ellas, algunas tan graves como las mencionadas, tal vez, entonces, el juez hubiera dejado de ser el único dubitativo.

A los que hemos seguido este caso de cerca y hemos tenido la oportunidad de examinar el informe pericial, la sentencia nos parece una broma macabra dictada por un vesánico pagado de sí mismo que juega a ser Dios con un cubilete y unos dados.

No nos son ajenos en este país los casos de manipulación de la ley por parte de los jueces, cuyas motivaciones son evidentes en algunos casos, como el miedo del juez Castro en el caso Urdangarín a la hora de imputar a la infanta  Cristina, pero ¿por qué en este?

Podría parecernos que una resolución tan arbitraria y contumaz para con la verdad y la justicia sólo puede ser motivo de la ineptitud o causa de algún oscuro interés personal, pero al fin, sencillamente, habremos de aceptar que la sentencia dictada está basada en altos y justos razonamientos sólo evidentes para el juez, y que a nosotros, pobres ignorantes, no nos es dado entender.

Quique Castro.

sábado, 2 de junio de 2012

El transformista IV


-Sí, y todas las noches de luna llena sale de caza.
-Eso es.
-Y siempre acaba la noche teniendo sexo con hombres.
-A veces también me los como, y a veces me los como pero no les hago el amor.
-¿Y se siente culpable?
-¡Culpable! ¡Muy culpable! ¡En este mismo momento me repugna la sola idea de imaginarme haciéndole el amor a un hombre! Sepa que mis remordimientos atroces me llevaron a pedir ayuda a la Iglesia.
-¿Recurrió usted a un sacerdote?
-Fue mi primera opción. Ellos saben de esas cosas, hacen exorcismos.
-¿Y qué ocurrió?
-Me acerqué a confesarme… Me sentía tan avergonzado… y le conté al sacerdote toda la historia que acabo de contarle, lo de las matanzas, lo del sexo, todo.
-¿Y le practicaron un exorcismo? Sepa usted que este tipo de ritos a veces incluso dan resultados. El fenómeno es muy sencillo –el doctor Rovira rió satisfecho-, en el fondo lo que se consigue es que opere el mismo mecanismo de sugestión, pero en sentido inverso.
-Ya…
-¿Y bien, qué ocurrió?
-Ah. No, no me practicaron un exorcismo. El sacerdote me dijo que el sexo entre personas del mismo sexo era pecado. Arrepiéntete, me dijo, porque eres un pecador.
-Señor Pujol, le voy a dar un consejo: no es necesario que recurra a sus fantasías. Acepte al lobazo que lleva dentro, y sea feliz.
-Doctor. ¿Cree que podría curarme?
-No puedo garantizarle nada, excepto que con un poco de terapia aprenderá a conocerse a sí mismo, y dejará de hacerle falta el lobo.
-Bueno, pero si no dejo de convertirme en lobo, ¿podría al menos dejar de ser marica?
-Voy a contarle una cosa, señor Pujol, ya que ha confiado en mí.
El señor Pujol, aturdido, temeroso, asintió preparado para escuchar.
-Verá, a mí, como a usted, me gustan las mujeres, y también estoy casado –dicho esto el doctor le guiño un ojo-, pero a veces, cuando la enfermera no está, siento la… -parecía tratar de elegir la palabra adecuada-, necesidad, ¡sí!, siento la necesidad de vestirme con sus ropas y mirarme en el espejo.
El señor Pujol miró al doctor con un gesto entre preocupado y temeroso.
-¡Eso no es nada malo! –El doctor se levantó, rodeó la mesa en dirección a su paciente y le dio una amistosa palmada en la espalda-. Nosotros, los hombres, a veces necesitamos descargar tensiones, ¿no es cierto? ¡Y no a todos nos sirve el fútbol!
-Doctor, no sé qué decir…
-No diga nada, amigo mío, no diga nada. Por cierto, ¿hace algo el viernes por la noche?
                                                       
                                                                                                                             FIN.

Quique Castro.

viernes, 1 de junio de 2012

El transformista III


El señor Pujol se detuvo en mitad de su relato y comenzó a sollozar.
-¿Señor Pujol?
-Lo siento, lo siento mucho…
-¿Se siente con fuerzas para hablar?
-No sé, yo… -el señor Pujol no podía parar de gimotear-. Yo no quería, ¿sabe?, pero había algo en sus ojos malignos, en el aroma que despedía su cuerpo peludo. He leído cosas sobre las feromonas doctor, he leído que son las causantes del deseo. No sé qué pasó, pero sin darme cuenta de lo que estaba haciendo me encontré con que estaba devolviéndole el beso.
-Señor Pujol, no tiene nada de qué avergonzarse, creo entender qué es lo que le ocurre.
-Pues dígamelo, doctor, porque yo no entiendo nada.
-Como es natural, usted entiende el beso de otro hombre como un ataque, y su mente ha transformado la escena en un delirio psicótico según el cual usted fue atacado por un hombre lobo. Tal vez se tratara de un hombre muy peludo y…
-No, no entiende nada doctor, cuando le digo que se trataba de un hombre lobo es porque realmente se transformó en un lobo, un lobo lleno de pelo, con sus orejas puntiagudas, y sus colmillos y sus garras, con las que me arañó mientras sucumbía.
-¿Sucumbía? –El doctor Rovira intuyó que iba a hacerle falta más de un Sugus.
-Sucumbí, no sé cómo. A mí nunca me han gustado los hombres, y mucho menos los hombres lobo, pero me hizo el amor allí mismo, en medio de un callejón perdido, y lo siguiente que recuerdo es despertarme en la habitación de mi hotel con las nalgas arañadas y una resaca enorme.
-¿Volvió a ver a su agresor-amante?
-No, pero sé que sigue trabajando en las oficinas de Madrid. Al principio quise ponerme en contacto con él y le llame varias veces, pero me rehuía, eso lo notas en seguida.
-¿No quería hablar con usted de lo ocurrido?
-Ni de lo ocurrido ni de nada, era uno de esos hombres de una sola noche que luego desaparecen haciéndote sentir como una basura.
-Pero señor Pujol –El doctor Rovira echó su cuerpo hacia adelante, sobre la mesa, y miró a los ojos de su paciente para transmitirle toda su comprensión e interés hacia su persona-. ¿No se da cuenta? Lo único que ha ocurrido es que ha tenido una experiencia homosexual, y su cerebro trata de ocultarlo con una historia sobre lobos y Caperucitas para…
-¿Caperucitas? –repitió el señor Pujol.
-Bueno…
-Yo no he dicho nada de Caperucitas.
-Es una manera de hablar, señor Pujol, entiéndame.
-Yo no entiendo nada, doctor, para eso vengo a usted, para ver si así entiendo algo. Entonces, según usted, ¿en este cuento yo sería Caperucita?
-Bueno, usted ha sido seducido por un hombre, un macho dominante, eso es un hecho.
El señor Pujol explotó.
-¡Yo no he sido seducido por ningún hombre! ¡Aquello no era un hombre, era un lobo!
-Entiendo que ahora todo sea confuso para usted, pero con la terapia adecuada tal vez llegará a entenderlo, e incluso aceptarlo. Hoy en día la homosexualidad está vista como algo normal.
-Pero es que yo no soy homosexual, a mí me gustan las mujeres, me gusta hacer el amor con mi esposa, al menos me gustaba cuando lo hacíamos.
-¿Cuándo lo hacían?
-Bueno, hace un año que tuvimos a nuestro hijo y desde entonces casi no me ha dejado tocarla, pero entiendo que debe ser algo hormonal.
-Así es –dijo el doctor Rovira, y comenzó a reír con aire de satisfacción.
-¿De qué se ríe ahora, doctor?
-Me río de que todo es asombrosamente simple, señor Pujol, y cada detalle que me da, cada cosa que me cuenta, viene a reafirmarme en mis suposiciones.
-No, no, no –El señor Pujol escondió la cara entre las manos.
-¡Sí, señor Pujol, sí! ¡Todo es de una claridad meridiana! Su mujer no quería acostarse con usted debido al cambio hormonal que supone la lactancia, pero usted quería satisfacer sus instintos sexuales, por eso su mente perturbada inventó toda esta historia de la violación para excusarse ante usted mismo por su  conducta.
-¿Ah sí?, ¿y entonces porque no practiqué el acto con una mujer loba?, ¿puede explicarme eso?
-Ja Ja Ja ¡Qué simples son ustedes, los pacientes! Oh, lo siento, no quiero ofenderle, pero usted mismo tiene la clave de su conducta delante de las narices. A usted le gustan las mujeres, pero sólo ama a su mujer, ¿no es así?
-Así es, ya se lo he dicho.
-Por eso decidió hacer el amor con un hombre. De este modo, mezclando sus fantasías erótico zoofílicas, usted satisfaría sus impulsos sin estar poniéndole los cuernos a su mujer.
-Pero doctor, es que sólo siento deseo hacia el sexo masculino cuando me convierto en hombre lobo.
-¡Hombre lobo! –el doctor Rovira reía satisfecho tanto por la riqueza imaginativa de la mente culpable de su paciente como por la satisfacción que le causaba haber llegado al meollo de la cuestión sin haber transferido al paciente al departamento de psicología, ¡y en una sola sesión!
-Soy un hombre lobo gay –doctor.

                                                                         CONTINÚA MAÑANA

jueves, 31 de mayo de 2012

El transformista II


            -Y que lo diga. Me habían enviado a Madrid para una reunión de trabajo, era de noche y caminaba por la calle con un colega al que acababan de presentarme. Íbamos charlando, creo que de fútbol. Entonces el hombre empezó a revolcarse por el suelo como si le hubiera dado un ataque, y hacía así como GRUMPH GRUMPH, y se tiraba del nudo de la corbata.
-Y este colega suyo, ¿de dónde era?
-Él es de Madrid, es el representante de la zona centro.
-Y dice que estaban hablando de fútbol y que entonces su colega se tiró al suelo presa de un ataque de ira –el doctor Rovira creía estar atando cabos.
-Así fue.
-Y dígame, ¿usted es del Barcelona o del Español?
-Del Barcelona.
-Ya veo, según lo que me está contando, puede que la reacción de su colega entrara dentro de la normalidad. El Madrid, el Barcelona… cualquier hincha del Madrid se tiraría por el suelo pataleando.
-Cierto, doctor, pero creo que su reacción no tenía que ver con el fútbol.
-De acuerdo… ¿y qué más pasó?
-Pues pasó que me agaché, doctor, para ver que le pasaba, por si le estaba dando un infarto o por si se había atragantado o le había sentado mal algo de la comida… Tengo una prima que es alérgica al queso y una vez se tomó unos ganchitos que no sabía que eran de queso y se puso fatal, pero la verdad es que no se revolcó por el suelo ni nada de eso, sólo se le puso la cara roja y tuvieron que ingresarla.
-Alergia al queso, vaya vaya.
-Tuve miedo doctor. Ese hombre que caminaba a mi lado demostraba tanto aplomo unos minutos atrás, y ahora… En la reunión llevaba la voz cantante, ya sabe, modelo ejecutivo ingenioso, tipo gay dominante.
-¿Perdón?
-Gay dominante, doctor. De esos que no se cortan un pelo por tener pluma y que a la gente les hacen mucha gracia.
-Sí, y que por eso todo el mundo piensa que son sensibles y tienen mucho carácter –reflexionó el doctor Rovira en voz alta-. El clásico macho Alfa-G.
-Si usted lo dice, doctor.
-Pero siga, siga.
-Sí, bueno. Ahí estaba, en medio de la calle, revolcándose y gimiendo como si le diera un ataque, y entonces empezó la transformación.
-¿En hombre lobo?
-Como se lo cuento doctor. Yo no sabía qué hacer. En fin, sé hacer la respiración artificial, ¿pero de qué hubiera servido?
-De nada, supongo.
-Como mucho para que me arrancara la cabeza de un mordisco.
-Y entonces le atacó.
-Pues sí, y… -el señor Pujol se detuvo y esquivó la mirada del doctor; hacía enormes esfuerzos por no llorar.
-Tranquilícese, señor Pujol, no sé qué mal le aflige, pero le aseguró que vamos a hacer lo posible por ayudarle, ahora cálmese y siga con el relato de los hechos, es muy importante que se libere, que se suelte.
-Sí, doctor, tiene razón.
El doctor Rovira sacó un pañuelo de papel y se lo alcanzó al señor Pujol.
-Gracias.
-Me decía que fue entonces cuando le atacó. ¿Fueron heridas muy graves, algo irreparable?
-No, no, usted no entiende…
-Dígame entonces usted, señor Pujol, por favor, siéntase libre, recuerde que está en la consulta de un médico y que lo que me cuente no saldrá de estas paredes.
-Ya me había dado cuenta de cómo me miraba durante la reunión.
-¿Eran miradas… hostiles?
-No, no eran hostiles, eran miradas de apetito, de hambre.
-Quería devorarle.
-Bueno, podríamos decir que sí.
-Me temo que va tener que ser un poco más explicito.  –El doctor sacó con disimulo un Sugus del bolsillo de su bata, lo desenvolvió bajo la mesa y se lo llevó a la boca. Hacía meses que estaba tratando de dejar los Sugus.
-Eran miradas de deseo, doctor.
-Deseo carnal…
-Muy carnal, doctor, muy carnal. Cuando la transformación hubo concluido, lo que había sido mi colega era ahora una bola de pelo en posición fetal que gruñía. Entonces, aquella mole pavorosa se puso en pie poco a poco, me clavó los ojos y se puso a aullarle a la luna.
-¿Y qué hizo usted?
-¿Yo?, lo único que se me ocurrió hacer, rezar.
-Creyó que había llegado su fin.
-Y a veces creo que hubiera sido lo mejor, doctor.
-Y tuvo lugar el ataque.
-Así es. Aquella bestia se acercó a mí, separó los brazos, larguísimos y peludos, y luego los fue cerrando a mi alrededor. Y cuando me tuvo a su merced… me besó.

                                                                        CONTINÚA MAÑANA

miércoles, 30 de mayo de 2012

El transformista I


         -Doctor, soy un hombre lobo –dijo Óscar Pujol.
-¿Y hace mucho que esto le viene pasando? –le preguntó el doctor Rovira.
-Bueno, no. No mucho –dijo el señor Pujol-. Desde el ataque.
-Ya. Bueno…
Ninguno de los dos sabía cómo seguir. Al señor Pujol le daba vergüenza continuar y el doctor Rovira esperaba que su paciente siguiera hablando para lograr encajar la psicopatía en algún rango determinado.
-No sé cómo… en fin -dijo el señor Pujol.
-Bueno, bueno –dijo el doctor-, me hago cargo, no se apure.
-Es que me da un poco de vergüenza.
-No, no, qué tontería –sonrió el doctor-. Voy a darle un pase para el psicólogo.
-¿Al psicólogo?
-Sí, bueno, podrá ubicar mejor su patología.
-En el fondo lo de ser un hombre lobo no es el problema.
-No, ja ja –se rió el doctor.
El señor Pujol no sabía de qué se reía el doctor, pero optó por sonreír también, a fin de cuentas era el médico y sabría lo que se hacía.
-No está tan mal, ¿sabe? El sentimiento de vitalidad es enorme, casi adictivo –siguió. El doctor Rovira quería aguantarse, pero se le escapó la risa y comenzó a troncharse delante de su paciente.
-Lo siento, le pido mil disculpas –dijo, pero aunque trataba de mantener la compostura no podía evitar reírse. La risa sincera del doctor se le contagió al señor Pujol, de natural afable y empático cuando estaba en modo humano.
-Doctor –dijo al fin-, lo cierto es que me siento contrariado.
-Me hago cargo –dijo el doctor, y no pudo seguir hablando porque la risa volvió.
-Son sólo las noches de luna llena, pero al día siguiente me siento fatal, sobre todo por mi mujer.
El doctor hizo un esfuerzo sincero por serenarse. Detrás de cualquier perturbación mental siempre había un drama personal y familiar. La aflicción y la vergüenza por su anterior comportamiento le ayudaron a sobrellevar la consulta con dignidad. Por ridículo que le pareciera, aquel hombre era su paciente, y sufría.
-Le pido disculpas, señor Pujol. Le ruego que me perdone, entienda que suena tan…
-Me hago cargo –dijo Pujol-, la gente suele tomarme a cachondeo al principio porque no me creen y piensan que estoy chalado o que quiero llamar la atención, pero no estoy chalado.
-Ese es un término que nunca usaría –El doctor podría haberle despachado sin más, como tenía pensado hacer en un principio, pero aunque le esperaba una mañana complicada con un desfile interminable de pacientes, se decidió a darse un tiempo para escuchar al curioso personaje que tenía delante.

-Ser un hombre lobo no está tan mal –como le decía-, lo malo es que creo que el hombre lobo que me creó… no era muy hombre, y eso también ha acabado por afectarme.
El doctor Rovira tardó unos segundos en reaccionar.
-Perdón, usted dice que…, el hombre lobo que le creo a usted…
-Sí, eso, el que me creó a mí… Bueno, como ya sabrá, para que alguien se convierta en hombre lobo, tiene que haber sobrevivido al ataque de otro hombre lobo.
-Lo cierto es que ignoraba este punto.
-¿Lo ignoraba? –dijo Óscar Pujol, al que extrañaba que todo un doctor desconociera algo que hasta un chiquillo sabía.
-Lo ignoraba, sí, así es. Si le soy sincero, no tenía la más mínima idea, pero lo encuentro la mar de interesante.
-Pues así es. Si un hombre lobo le atacara, doctor, lo más seguro es que le matara y le comiera, hágase cargo.
-Entiendo, entiendo, sin duda se trataría de una situación harto compleja -dijo el doctor, que no tenía ni idea de lo que le hablaba su paciente, aunque seguía intrigado.
-Claro, pero el caso es que yo sobreviví.
-Debe usted considerarse un hombre afortunado –señor Pujol.
-No sabría que decirle doctor, si me considerase afortunado no hubiera venido a su consulta.
El doctor Rovira se enderezó incómodo en su sillón.
-Quiero decir... ahora no me siento afortunado, me siento desdichado y avergonzado, pero cuando me convierto en hombre lobo me siento…
-Liberado –se aventuró el doctor, que ya imaginaba con qué tipo de paranoia esquizoide se las veía.
-¡Exacto, doctor! ¡Empieza usted a verlo!
-Y ese ataque, ¿cuándo se produjo?
-Bueno, hará medio año, más o menos.
-Eso son unas cuantas lunas llenas.



                                                                                   CONTINÚA MAÑANA.