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martes, 19 de mayo de 2015

Mad Max: sopor en la carretera.


Un truño de estas dimensiones no lo fabrica ni KIng Kong. ¿A quién no le gusta de vez en cuando una buena peli de acción que le haga fluir un poco de adrenalina y le sirva para olvidar la rutina diaria? A mí sí, desde luego, pero no es eso lo que encontré en Mad Max: Furia en la carretera.

Mala de principio a fin, aburrida, soporífera. No va a ninguna parte, se queda en un quiero y no puedo de funanbulismo fílmico, quiere ser "El circo del sol" de las pelis de coches y no llega ni al malabarista de tres naranjas. Por supuesto no vamos a hablar de actuaciones en una farsa como esta, en la que Charlize Theron se limita a poner mirada intensa con los ojos pintados de negro y Tom Hardy... Bueno, todavía no sé lo que hace Tom Hardy por ahí en medio, pero tiene una voz muy chula.

¿Y el malo? Vaya... Vaya... ¿No podías haberte quedado como el "cortadedos"?. No es de extrañar que se tape la cara, porque prestarse a una birria como esta es llegar muy bajo. Tal vez uno de los peores malos de la historia del cine, un malo que no hace nada, que no da miedo, que no trama... sólo se monta en un cacharro diseñado para flipar a la audiencia adolescente y conduce, nada más, hasta llegar a un punto de la película en que muere del modo más aburrido. El esperado cara a cara con el protagonista es casi testimonial, no hay una relación que nos haga odiarle, nada... sólo puedes envidiarle por tener buen gusto con las chicas, esas top model que aparecen en medio del desierto regándose en la escena más descacharrante de la peli, y ya es decir mucho.

La película se hace eterna, inacabable, y cuando uno se da cuenta de que esto es lo que hay, que no va a mejorar, simplemente mira el reloj una y otra vez, recordando aquellas tardes soporíferas de primavera cuando la profesora de matemáticas daba su lección. Al final parece que el director se apiada del espectador, o que el mismo se da cuenta de que no está contando nada, y que todo esto no es más que un mal chiste, una excusa para sacarte la pasta, y lo remata todo de un modo absurdo y precipitado, igual que la muerte del malo. Da la impresión de que el malo y la peli, simplemente, son desenchufados.

En definitiva, una basura que insulta la película de 1979 protagonizada por Mel Gibson, la parodia de una parodia. Si tenéis que elegir entre ver esta inmundicia o ver al señor que toca la trompeta mientras una cabra se sube al taburete y su mujer vende "malacatones", no lo dudéis. Los melocotones, al menos, son sanos.

Quique Castro.

lunes, 20 de octubre de 2014

"Easy Rider: buscando mi destino".

Hace poco he vuelto a ver "Easy Rider: buscando mi destino", la exitosa y alucinada película que dirigió Dennis Hooper y que, siquiera por una década, hasta la llegada de "Tiburón" (1975), y "Star Wars" (1977),  pervirtió los cánones del viejo sistema de estudios y significó el pistoletazo de salida a esa corriente que se conoce como "Nuevo Hollywood". Es una peli interesante y entretenida, aunque en esta nueva "era dorada de la tele" en la que reinan los antihéroes ("Breaking Bad", "Mad Men", "Banshee"...) ya nadie vaya a llevarse las manos a la cabeza por las andanzas de un par de traficantes de poca monta.

Los dos protagonistas, Billy y Wyat (por Wyat Earp), también conocido como el Capitán América, acaban de vender un alijo de cocaína e inician un viaje rumbo a Nueva Orleans para participar en el Mardi Gras. A lo largo de su camino asistimos a una serie de peripecias en las que se encontrarán con personajes pintorescos y arquetípicos que dibujan la realidad del pueblo americano.

Si bien se trata de dos tipos pacíficos y bastante enrollados (aunque propensos al desfase y al flipe) son observados  con recelo por todos los personajes que se encuentran, desde un granjero que les da de comer y les deja su establo para que arreglen las motos, hasta un sheriff que les arresta simplemente porque no les caen bien. Será en la celda de este pequeño pueblo donde conozcan a George Hanson (Jack Nicholson), abogado que decide unirse a ellos y que al final muere asesinado por unos pueblerinos que les miran con malos ojos por llevar el pelo largo y que son el reflejo de la vieja américa que no entiende ni asume los cambios que están transformando su país.

Es en esta época convulsa y de profundos cambios en la que encajamos a los alucinados Billy y al Capitán América en su periplo americano, reconstrucción de los viejos cowboys que atravesaban las grandes llanuras para transportar decenas de miles de cabezas de ganado, o incluso caravanas de mujeres; sólo que ahora cada uno monta una Harley, y lo que antes eran vacas y dinero sudado ahora es pasta fácil producto de la venta de un alijo de coca que llevan oculto en sus depósitos de gasolina. Los grandes valores americanos encarnados en la piel de solitarios héroes han sido transustanciados en el nihilismo de dos perdedores de moral cuando menos ambigua. En este sentido tal vez vaya la famosa frase del Capitán América antes del final, “La hemos jodido”, que podría significar el epitafio de una América en la que una mitad son paletos retrógrados y la otra nihilistas en busca de placer.

La película fue un éxito de taquilla y crítica inesperado, e inauguró una corriente contracultural en el cine de los Estados Unidos heredada directamente de la nouvelle vague francesa. A pesar de su rodaje tortuoso, Dennis Hopper sabía lo que hacía mientras rodaba, y supo darle al film ese aire poco academicista y pretendidamente descuidado que tanto le había gustado en “Á bout de souffle” (1960). 

Pero si como director Hopper había resuelto la papeleta, no podemos decir lo mismo del Hopper montador. Según Bill Hayward, productor asociado de la película, Hooper era tan malo que tuvieron que pagarle unas vacaciones en Nuevo Méjico a él y a su mujer para apartarlo de la película. De hecho, la mejor versión para él era un montaje de cuatro horas y media, y  tan pagado de sí mismo estaba que se negaba a quitar un solo fotograma.


“Easy Riders” es el fresco de una América bipolar y angustiosa poblada por unos caracteres que, bien son nihilistas sin destino y sin finalidad, bien caricaturas de un pasado estancado que se niega a mirar al futuro. Tal vez hoy en día ya no nos parezca tan transgresora, ni estética ni argumentalmente, e incluso por momentos la veamos un poco antigua, pero todavía merece la pena ver a un joven Jack Nicholson con su traje de picapleitos y un casco de fútbol americano de paquete en la moto de Dennis Hoper, rodando junto a Peter Fonda, rumbo a un eterno carnaval.

Quique Castro.

viernes, 31 de mayo de 2013

El gran Gatsby vuelve a hacerse pequeño

Parece difícil hacerlo tan mal con un material tan bueno, pero es que incluso la sosa peli que protagonizaba Robert Redford no dejaba tan mal sabor de boca. Baz Luhrmann es tan crack que se permite enmendarle la plana Fitzgerald y a una de las consideradas mejores novelas del siglo XX. ¿Por qué no, si también se atrevió con Shakespeare? Me justa jugar y acepto el reto de ver estas obras pasadas por el filtro del autor , pero si te atreves, debes estar seguro de que vas a ofrecer algo que merezca la pena.

No me desagrado “Romeo&Juliet”, (debo ser de los pocos) y me encantó “Moulin Rouge”, son películas desinhibidas y frescas, y hay que reconocer que dio en el clavo con la banda sonora, haciendo de su elección despiadada y muy acertada una de sus señas inconfundibles de autor. Luego vino la aburrida "Australia", y ahora esta versión de “El gran Gatsby”, en donde ha querido seguir la personal formula que tan buenos resultados le diera anteriormente.

También acepto que no se ajuste exactamente al libro y que se saque escenas de la manga,  pero lo de poner a un Nick Carraway alcoholizado y orgiástico yendo a la consulta del psiquiatra a escribir sobre Gatsby, eso es simplemente basura. Precisamente el Nick Carraway del libro es abstemio, si no recuerdo mal, y parece contemplar los excesos desde la distancia, no siente el más mínimo impulso artístico, ni mucho menos literario, y no es más que el anodino contrapunto a la fastuosidad del hombre reinventado que representa Gatsby.

Hay una escena maravillosa en el libro; Gatsby, impaciente y nervioso, está esperando en casa de Nick a que llegue Daisy, pero cuando ella aparece se siente tan atemorizado que amaga con irse, aunque Nick le convence para que se quede.  Esta escena es crucial, es una escena a la asistes en el libro con la boca abierta, (aunque no haya asesinatos, ni explosiones, ni esas cosas que les gustan a los que les gustan los libros en los que “pasan cosas”), te mantiene sin aliento porque vas a asistir al reencuentro de un hombre con el amor de su vida (así mismo, aunque suene cursi), con alguien que ha hecho que incluso cambie de nombre y de identidad, y estamos dispuestos a sentir con Gatsby la vergüenza, el terror y las pulsaciones desenfrenadas de este momento.

En la película esta escena se desarrolla más o menos de un modo parecido, el problema es que la puesta en escena, el jardín, los pasteles, las flores, es tan cargante e irreal (como corresponde a Baz Luhrmann) que contribuye a darle un tono de comedia que la sobreactuación de di Caprio no hace más que acentuar, hasta el punto en que para el público esta escena se convierte en un gag de Mr Bean en el que cree que lo oportuno sea reírse. Y tal vez estén en lo cierto.

El casting es acertadísimo, (aunque nunca acabé de ver a Daisy Buchanan en Carey Mulligan pero eso es cosa mía, supongo) y aún así casi todas las actuaciones son pésimas, rayando en lo desconcertante la de Leo di Caprio, un grandísimo actor en la peor interpretación de toda su carrera. Hablando de las interpretaciones, tal vez lo mejor de la película sea Joel Edgerton, que aporta a su actuación la dura estridencia que tan bien le viene al personaje de Tom Buchanan, tanto como para comerse al resto de los actores cada vez que aparece en pantalla.

Y no, no diré nada de la “era del Jazz”, cuyo rapsoda más célebre fue Fitzgerald, ni de la banda sonora a ritmo de Beyonce o Lana del Rey, o de sustituir los picaros contoneos de las atrevidas “flappers” por la coreografía de un concurso hortera de la tele, eso ya nos lo esperábamos todos, y no es lo más sangrante.

Lo más sangrante es que, en el cine, el gran Gatsby siga siendo tan pequeño.

Quique Castro.

sábado, 21 de abril de 2012

La mirada y el gusto



Recuerdo un libro que había en mi casa cuando era pequeño, se titulaba “El ojo del pintor”, me parecía complicado y prefería hojear los comics de Flash Gordon o del Teniente Blueberry que guardaba mi padre. Un día le pregunté si acaso los ojos de los pintores eran diferentes, y me dijo que sí, que los pintores miraban las cosas de otra manera.

Yo me imaginé entonces que debían ver el mundo como a través de un caleidoscopio, en una mezcla extraña de colores y formas; aunque sabía que no se refería a nada parecido, esa era la idea que me venía a la cabeza. Lo cierto es que los pintores miran diferente, los escritores leen diferente y los músicos escuchan de otra manera. No hace falta ser creador, aquel que aprecia un Arte, sea cual fuere, acaba entrenando su sensibilidad, aún sin darse cuenta. Al entrenar un músculo, este se fortalece, y lo mismo pasa con nuestra capacidad para apreciar.

Otro recuerdo de cuando era pequeño, uno de mis favoritos, es cuando mis padres me llevaron a ver “En busca del arca perdida”. Era domingo, salíamos de casa de mis abuelos y el plan no estaba previsto, con lo que la sorpresa fue mayor. Recuerdo la experiencia como algo abrumador, una sensación de desconexión exagerada, de pertenencia a otro mundo. Más o menos con la misma edad, seis años, mi madre me llevó un sábado por la tarde a ver “Una noche en la ópera”, de los Hemanos Marx. “Te aburrirías”, me han dicho en más de una ocasión, “una peli en blanco y negro, tan antigua”. No fue así; de hecho mis carcajadas de loco se escuchaban en todo el cine.

Tal vez sean circunstancias como estas, tan casuales, las que pueden marcar de por vida a una persona, porque desde entonces he perseguido ese chute de alienación en mil películas, la mayor parte de las veces sin conseguirlo.

Me gusta el cine como experiencia física, y, si cierro los ojos, aún puedo recordar el olor del teatro Colón en La Coruña; una mezcla de ambientador extraño, polvo en suspensión y la rancia tela de las butacas de madera. Pero claro, la mayor parte del cine lo he visto en la tele. Mi padre, de nuevo, tuvo la oportuna ocurrencia de sentarme a su lado a ver películas que tal vez hubieran parecido poco apropiadas para un niño (por su antigüedad o temática, simplemente), y así conocí a los grandes como John Ford o Peckinpah, y vi pelís como “El hombre tranquilo” o ”Perros de paja” (no hablo por hablar, recuerdo el momento).

El caso es que el gusto se va fraguando y diversificando,  y así llegaron Allen, Bergman, Truffaut, Scorsese… Uno prueba, elige o desprecia, y por el camino va aprendiendo. Y al final, sin ser engreído, pero tampoco hipócrita, se considera capacitado para dar su opinión, e incluso dictaminar si una película es buena o mala.

El problema es que esto a la gente no le gusta, nadie quiere que le digan que la peli que le ha gustado es una bazofia, y se acogen al respetable argumento de que no hay pelis buenas ni malas, sino pelis que te gustan o que no.

¿Es así de verdad? Si a mí un musicólogo experto me dijera que “Tristan e Isolda” es una obra maestra, yo no me atrevería a enmendarle la plana, aunque me durmiera de aburrimiento en el Liceo mientras escuchaba esta ópera. Y si me dijera que tal obra de Mozart es inferior a tal otra del mismo compositor, yo podría decir cual me ha gustado más, pero no me atrevería a desmentirle.

En el cine sí, en el cine nadie soporta que le digan que tal peli es infumable, ¡no señor, será que a ti no te ha gustado! Y no digo que no tengan razón. En todo caso, puestos a dar una opinión, debemos justificarla con argumentos.

“Hay un montón de primeros planos”, “la cámara se mueve para crear sensación de acción, y eso me marea”.

“Pues a mí me emociona”.

“El guión no es creíble”.

“¿Cómo que no?, Lo mejor es cuando ella dispara con efecto y con la misma bala mata al malo, desactiva la bomba y apaga el despertador”.

Cierto que algunas veces películas malísimas artísticamente (perdón), resultan ser unos productos comerciales de primera calidad. Otra cosa es que a veces el experto mira la obra del arte con el cerebro, y no tanto con el corazón, se pierde en disquisiciones teóricas y se olvida de mirar, no con “el ojo del pintor”, sino con el del niño que fue. Y, como dijo Charlie Sheen hablando de sus dos novias, en el medio está la virtud. Bueno, tal vez no fue él, pero viene al caso.

Quique Castro.

domingo, 19 de febrero de 2012

"Breve encuentro" (1945) de David Lean

Al mencionar a David Lean, los aficionados al cine lo asociarán inmediatamente a superproducciones como “El puente sobre el río Kwai” (1957), “Lawrence de Arabia” (1962) o “Doctor Zhivago” (1965). Menos lo recordaran como el director de la versión de “Oliver Twist” de 1948, basada en la novela de Charles Dickens, de quien precisamente se cumplen doscientos años de su nacimiento, y, ya que estamos, por qué no mencionar la magnífica pero injustamente olvidada “La hija de Ryan” (1970). Con las tres superproducciones mencionadas al principio alcanzó sus más altas cotas de popularidad, pero a mí me gustaría hablar ahora de una sus mayores obras maestras, una joya indiscutible: “Breve encuentro”.
“Breve encuentro” (1945) es una de las cuatro películas que Lean hizo basadas en obras de teatro de Noel Coward y...
Pero todo este rollo podéis encontrarlo en Internet a poco que busquéis. También encontraréis un montón de reseñas, todas buenas, y ¿por qué? Porque es sencillamente magnífica, una verdadera joya, paradigma de las películas románticas cuya influencia podemos rastrear en muchas otras, como “Enamorarse”, con Robert de Niro y Meryl Streep (tirando a remake encubierto) o “Los puentes de Madisson”.
En esta película se narra el amor imposible entre Laura (Celia Johnson) y un médico encarnado por Trevor Howard, ambos felizmente casados hasta que se encuentran casualmente en una estación de tren y él la ayuda con una minúscula mota de carbón que se le ha metido en el ojo. Los dos actores están increíbles en sus respectivos papeles, sobre todo Celia Johnson, que se debate toda la película entre la amargura y la culpabilidad del remordimiento y la ilusión de sentirse realmente enamorada.
Porque si algo nos deja claro la película en todo momento es que se trata de un amor de esos que aparecen como un caballo en una cacharrería para recordarnos que la pasión es algo más que la costumbre o el miedo al abandono. Tal vez la historia hoy en día resulte un tanto incomprensible; en la vida real, los protagonistas optarían por la separación de bienes e hijos, o acabarían por aburrirse al cuarto polvo cornamental, pero aquí nos las vemos con dos caracteres nobles que deciden sacrificarse para no hacer daño a las personas que quieren, todo envuelto en una textura de peli antigua con trenes que van y vienen (y que a veces se pierden para siempre), andenes con humo y pasajeros con sombrero que esperan a que el tren de sus vidas pase tal vez por última vez.
Impera tanto en el cine como en las series la narrativa veloz, se pierde o se gana al espectador en el prólogo, por eso los primeros diez minutos han de ser impactantes. En “Breve encuentro”, los primeros minutos corresponden a una pareja que se mira en silencio en la cafetería de un bar. Somos intrusos que asaltan la privacidad de una pareja anodina, una pareja como cualquier otra. Podría ser que acabarán de discutir, o que estén aburridos, o cansados después de haber pasado todo el día de compras, ¿y a quién puede importarle? Para colmo a continuación no explota una bomba, ni ella es una espía alemana que saca una lüger del liguero y dispara a la egregia frente de Trevor Howard, lo que ocurre es que una charlatana cotilla amiga de ella entra en escena y empieza a cacarear sin ton ni son acerca de cosas que al espectador no le interesan lo más mínimo, y, por lo que vemos, a la pareja tampoco, (a estas alturas de la peli puedo imaginar a teóricos del guión como Robert McKee, o ya no digamos el inefable Blake Snyder, preguntando donde está la conspiración que amenaza la paz mundial, en fin). Luego él se despide y desaparece, y Celia Johnson llega a su casa, donde le esperan dos hijos estupendos y un marido atento y cariñoso que hace el crucigrama mientras ella, con la labor sobre las rodillas, ensaya un silencioso discurso de culpa como si se condenara ante él. De este modo, el flash back nos irá revelando esta minúscula historia cuyo sentido aprehendemos a medida que avanza el metraje.
Así volveremos de nuevo al día presente, pero ya sabremos que la pareja que esperaba en silencio no era un matrimonio enfadado, aburrido o cansado, sino dos enamorados renunciando el uno al otro para no hacer daño a los que les rodean, y sabremos también que aquellos eran los últimos minutos que tenían para verse en silencio antes de que Trevor Howard tomara el tren, y entendemos entonces que la maldita cotorra aparece de repente sólo para interrumpir este sacrosanto momento de la despedida y así, cruelmente, arrebatarles el único consuelo al que esta pareja parecía tener derecho, que era el de pasar a solas sus últimos momentos juntos. Creo que ha habido pocos malos de cine a los que haya odiado tanto como a esta maldita cotorra.
Imposible, además, no mencionar la banda sonora, basada en el concierto para piano núm. 2 de Rachmaninov, una célebre melodía que, mucho más tarde, versionaría en clave pop Eric Carmen con el tema “All by myself”, sobre el que volvería Celine Dion con un éxito arrollador.
La valentía de David Lean, o su creatividad, consiste en proponer un papel femenino en el que la mujer no es solamente la bella carcasa que vehicula las acciones de un protagonista masculino, ni madre incolume, ni puta perversa y fatal. Se trata de un personaje coherente con la realidad social de una época en que la mujer comenzaba a reclamar cotas de independencia antes jamás imaginadas, sobre todo a raíz de su participación activa en la Segunda Guerra Mundial, y que tal vez, a muchos hombres, les hizo preguntarse, como al marido de Celia Johnson al final de la película, qué tipo de sueños tenían sus mujeres.

Quique Castro

viernes, 14 de octubre de 2011

Truman Capote Vs. Hunter S. Thompson

Tengo que reconocer que la creatividad publicitaria -spots, anuncios, carteles, cuñas, etc- me conmueve tanto como ver en diferido los octavos de final de la copa del mundo de curling (sabiendo quién ha ganado). Me interesa mucho más la creatividad periodística.

¿Y qué es eso?, ¿acaso el periodismo no es sino la narración de un acontecimiento de mayor o menor importancia? Sí, pero en algunas ocasiones el periodismo ha trascendido la simple narración del hecho noticioso para elevarse por encima de sí mismo. Valgan como ejemplo dos figuras radicales, transformadoras y relacionadas. Truman Capote y Hunter S. Thompson.

Capote (1924-1984), además de genial narrador, fue el creador del “Nuevo Periodismo”, que no es sino la novelización de la noticia. Como ejemplo paradigmático, por supuesto, su “A sangre fría", de la que poco de nuevo se puede decir.

La otra figura sería el divertidísimo y brutal Hunter S. Thompson (1937-2005), creador alucinado del “Periodismo Gonzo”, un subgénero creado a raíz del “Nuevo Periodismo”, que consiste no sólo en la novelización de la noticia, sino en que además convierte al periodista en protagonista, catalizador y, en ocasiones, padecedor de esta. Baste poner por ejemplo la paliza que le dieron “Los ángeles del Infierno” cuando se enteraron de que HST ganaba dinero escribiendo sobre la banda, lo cual les importaba menos que el hecho de que no quisiera compartirlo con ellos. Uno de sus libros más conocidos tal vez sea "Miedo y asco en las Vegas", del cual se hizo una versión cinemátográfica con Johny Depp en el papel de HST, aunque el trabajo que realmente le encumbró fueron los artículos que escribió para "Playboy". A cualquiera que sienta pasión por el periodismo, o simplemente que desee pasar un gran rato, le recomendaría la lectura de "El diario del ron".

Estas dos formas del periodismo que hoy pueden parecernos superadas, supusieron un cambio radical en una época igual de convulsa que esta, los años 60 y 70 en Estados Unidos (beatnik, LSD, Vietnam) y son un ejemplo de la creatividad y la capacidad para salirse de los caminos trillados y crear nuevas maneras de entender esta profesión.

Quique Castro.

jueves, 22 de julio de 2010

"La máquina de follar", de Charles Bukowski


Al parecer, los relatos incluídos en este libro tienen menos de autobiográfico de lo que a muchos nos gustaría. La columna descarnada, sexual y ruda de Charles Bukowski en el periódico “underground” Open City, le catapultó a la fama en los círculos contraculturales, y cuando el gobierno cerró el periódico por inmoral, el autor vio como se cortaba una de sus principales fuentes de ingresos en aquel entonces.

No tardó en escribir para otras revistas “porno” como “New York Review of Sex and Politics” y otras por el estilo. En aquel entonces podía llegar a cobrar unos 300$ por relato (recuérdese que F. S. Fitzgerald había llegado a recibir sumas que rondaban los 4.000$ cuarenta años antes), así que el viejo Hank se inventaba todas estas narraciones para poder vendérselas a estas revistas.


Tanto es así que el libro “Erections, ejaculations and tales of ordinary madnes”, del que se sacan la mayor parte de los relatos, fue publicado por “City Lights”, que era la editorial que se quedaba con todo el material que el editor John Martin desechaba de “Black Sparrow” por ser demasiado pornográfico. Con todo son historias que nacen del contacto directo del autor con la realidad que describe, pasadas por el tamiz de su imaginación y su genio, pues para eso era escritor.


Su estilo sigue siendo el mismo, frases cortas y contundentes. A lo largo de su carrera Bukowski se declaró siempre admirador de Hemingway, Fante, Celine y Hamsun, pero no es ni mucho menos tan vanguardista como Celine, ni tan exacto como el noruego Hamsun. Sí parece que le debe mucho más a Fante en cuanto a temática y, sobre todo, a Hemingway en cuanto a estilo gramatical, llegando a veces incluso a la imitación, según mi punto de vista.


Es desde luego un libro a disfrutar. Para mí Charles Bukowski destila sensibilidad tras de cada frase soez o dura, y este es el alegato de un hombre solo y prisionero de la terrible realidad que le tocó vivir y que escribía duro porque era su manera de revelarse contra la prisión o “la trampa”, como él la llama muchas veces, en la que nos vemos encerrados los seres humanos, adiestrados para sacrificar nuestras vidas a cambio de casa, coche, trabajo, hijo y perro. Este libro es una válvula de escape.

Una reflexión: ¿Por qué todas las grandes editoriales como “Anagrama”, (la menciono por ser la que edita en España los libros de Bukowski), se apuntan y presumen de contraculturales cuando ni arriesgan ni arriesgarán jamás, y lo único que hacen es poner un cheque y llevarse al autor descubierto por otra editorial modesta?.


Quique Castro.

sábado, 17 de julio de 2010

Tres grandes directores de los setenta


Casi nadie se acuerda ya de tres magníficos directores que disfrutaron de su momento cumbre en la decada de los setenta.

Bob Fosse fue el responsable nada menos que de "Cabaret" (1972), el musical protagonizado por Liza Minelly ganador de un porrón de Oscars, justo cuando nadie daba un duro por el musical, y sobre todo, de "Lenny" (1974), basada en la vida del humorista norteamericano Lenny Bruce, con un reparto encabezado por Dustin Hoffman en otro de sus papeles apoteósicos de los setenta (añadamos "El graduado", "Perros de paja", "Kramer vs Kramer"...). Esta última película es totalmente desconocida para el gran público, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que si identificáramos a esa entelequia conocida como "Gran Público" con un ser humano, nos saldría un ser semianalfabeto, burdo patán consumidor de cine palomitero y esencialmenbte maléducado. Atención, además, a la estupenda fotografía de Bruce Surtees (gracias, Google).

El segundo maestro indiscutible de los setenta que hoy pocos recuerdan es George Roy Hill, autor de "Dos hombres y un destino" (1969), y de "El golpe", con una de las bandas sonoras más memorables de la historia, ambas con Paul Newman y Robert Redford. Sólo por esas dos películas merece figurar en el panteón de los ilustres.

Y el último al que haré mención es William Friedkin, con "The french conection" (1971) y "El exorcista" (1973). La primera de ellas con un inólvidable Gene Hackan en el papel de Popeye Doyle, y la segunda con una satánica Linda Blair en el más terrorifico papel de la historia del cine.

Podríamos hablar de más directores, como Peter Bogdanovich o Michael Cimino, con su espectacular "El cazador" (1978), una película que, si existiera El Cielo, no podrías entrar en él sin haberla visto antes, con Meryl Streep, Robert de Niro, Cristopher Walken y el maravilloso John Cazale, al que un día le dedicaré una entrada.

Pero aquí lo dejamos por hoy no sin antes dedicarte un consejo:

Hazte un favor, y hazme caso.

Quique Castro.

jueves, 15 de julio de 2010

"Persona" (1966), de Ingmar Bergman


¿Y por qué "Persona", te preguntarás, y no "Fanny y Alexander" (1982), "El séptimo sello" (1957) o "El manantial de la doncella" (1960)? Pues sí, pero es que la filmografía de Bergman es tan extensa como prodigiosa, y he tenido que elegir una de mis favoritas casi al azar. También podía haber elegido "Sueños" (1955), por la que tengo especial simpatía por lo divertida que es la historia y por lo guapas que son las actrices que la representan, o "Fresas salvajes" (1957), que, a pesar de haber sido seleccionada entre las mejores 45 películas de la historia según el Vaticano, es una película soberbia. Por no hablar de todas las que no me he visto de este autor.


"Persona" es una historia del cine dentro del cine, de una actriz que durante una representación teatral de "Electra" se queda muda, y de la enfermera que la cuida y de como esta rellena los silencios de la otra con sus fantasías y relatos. Hay un montón de literatura y de rollo palabrero sobre esta peli y de Bergman es cualquier librería o en Internet, pero yo no trato de justificar mis elecciones, sino de imponértelas, así que hazme caso y mírala, degústala, o no te atrevas jamás a decir que te gusta el cine.

Por cierto, Bergman es con Fellini uno de los directores favoritos de Woody Allen, y como él tenía tendencia a casarse o arrejuntarse con sus actrices, que eran siempre bellísimas, como por ejemplo Bibi Andersson, Ingrid Thulin (con esta no se si se lió, pero estaba terrible, brutal, espectacular) o Liv Ullman, que rodó en el 2000 "Infiel", para mí una copia de las paranoias y el estilo de Bergman.

Así que ya sabes...


Quique Castro.