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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Aquí unos amigos

Sin orden ni concierto aquí van algunos de ellos, sólo para relajarme, para pasar el rato después de girar durante horas en la enorme y enloquecedora rueda del hamster y de pervertir mi cerebro en un aula extraña de intelectualidad forzada.

Scott Fitzgerald, ni siquiera hace cien años que se publicó su primera novela... Ya en vida tuvo tiempo de saborear la gloria, sumirse en el olvido de los descatalogados y remontarse una vez muerto hasta ser considerado tal vez el más talentoso de toda la generación perdida. Fitzgerald está preocupado porque a su mujer se la trajina un teniente francés en la Riviera francesa. El bueno de Scott, además, está hecho polvo porque Zelda le ha dicho que la tiene pequeña, y que nunca podrá dejar satisfecha a una mujer. Hemingway se lo lleva al retrete, se la mira y le dice “No te preocupes, muchacho, está perfectamente conformado. Ese es el truco más antiguo para destruir a un hombre”. Hemingway, otro más. Asegura que hizo sus cálculos con mucho cuidado y que mató a ciento veintidós prisioneros alemanes. Cazador de elefantes y leones, buscaba submarinos alemanes en sus ratos libres por los cayos de Florida en su yate, por esas aguas en las que Santiago pesca su pez espada y Hemingway su Nobel. Fitzgerald y Hemingway, los dos se alcoholizaron tanto que al primero le dio un infarto con cuarenta y seis años y el segundo se descerrajó un tiro con sesenta y cuatro, prematuramente envejecido, casi senil y paranoico porque era consciente de que nunca podría volver a escribir.

Henry Miller, obsesionado con follar, follar, beber, escribir y follar. Así vivió hasta los ochenta y nueve años, en que murió famoso y rico, pero antes supo lo que era dormir debajo de un puente, y su obra estuvo censurada y fue calificada de pornográfica durante muchos años. William Burroughs, yonki perdido, se casó con Joan Vollmer aunque lo que a él le gustaban eran los hombres, y una noche jugando a Guillermo Tell con una manzana y una pistola Star acabó por alojar en el cerebro de su mujer una bala del nueve corto. “Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan”, escribió años después.

No eran un ejemplo de nada; radicales, borrachos, egoístas, obsesionados con escribir siempre que eso no entorpeciera sus maratones de alcoholismo y sexo. Kerouac se negaba a ser el ídolo de los nuevos hippies que llenaban las universidades de Estados Unidos en los años sesenta de eslóganes de paz, mucho más interesado en beber y hacer autoestop y conducir hasta que se acabara la gasolina junto a su amigo Neal Cassidy, el Dean Moriarty de “En la carretera”, pendenciero, aficionado al jazz, asiduo a los reformatorios y la cárcel. Los dos algo menos aventureros sin embargo que Jack London, que llevó el cuento a su cima con “La hoguera” en su serie de relatos sobre Alaska, basados en sus experiencias como buscador de oro en el Klondike, aficionado al boxeo y comunista utópico que navego por los mares del sur hasta perder los dientes y que bebió hasta reventarse con un cóctel de whisky y morfina.

No me olvido de Bukowski, que fabulaba de pequeño con que pilotaba un Messerschmitt alemán en la II Guerra Mundial antes de dedicarse a vagabundear y a perseguir las sombras de Knut Hamsun y de John Fante de bar en bar, pelea tras pelea, despertando al amanecer en callejones apestosos siempre sin su cartera. Con su cara de titán bondadoso e incomprendido acabó conduciendo un BMW para ir al hipódromo durante los ratos en que no estaba escribiendo o dentro del jakuzzi en el jardín de su casa, rodeado por sus nueve gatos.

Y William Faulkner, que experimentó con su prosa y su hígado hasta llegar al Nobel, enemigo íntimo de Hemingway, coetáneo de John Steinbeck, el campeón de los deshederados con "Las uvas de la ira" (eh, un momento... Hemingway, Faulkner y Steinbeck ya van tres Nobel americanos en un solo siglo), y Hunter S. Thompson, aficionado a las drogas, el alcohol, las motos y las armas de fuego, inventor del periodismo Gonzo, amigo de Johny Depp... y, como no, Edgar Allan Poe, el gran maestro del terror. Todos alcohólicos. Qué desorden.

Por eso, cuando des vueltas y más vueltas en la rueda con tu disfraz de rata domesticada, recuerda al viejo Hank bebiendo esa aguada cerveza americana y escúchale aporrear las teclas con furia hasta altas horas de la madrugada, imagínatelo con su saca de correos, doce años seguidos pateando las calles sin renunciar jamás; camina con tu pulgar levantado junto a Kerouac en algún kilómetro de la Ruta 66, justo antes de que te paré una rubia en su descapotable; escucha el sonido del sedal rasgando el aire antes de caer en el Two Hearted River y disfruta del aroma de la trucha que asa Hemingway en una hoguera en medio de la montaña; bebe champán en la Riviera francesa y baila con Zelda y Scott la última canción de Cole Porter; recorre los barrios bajos de París junto a Henry Miller de camino a la casa de algún amigo pintor al que sablear un pedazo de queso y una botella de vino.

Y recuerda que estás ahí por algo, haz lo que puedas, apaga la tele, desconecta Internet, y escribe lo primero que se te ocurra. Mañana ya te ocuparás de corregirlo, hoy ya es tarde.

Quique Castro.

viernes, 14 de octubre de 2011

Truman Capote Vs. Hunter S. Thompson

Tengo que reconocer que la creatividad publicitaria -spots, anuncios, carteles, cuñas, etc- me conmueve tanto como ver en diferido los octavos de final de la copa del mundo de curling (sabiendo quién ha ganado). Me interesa mucho más la creatividad periodística.

¿Y qué es eso?, ¿acaso el periodismo no es sino la narración de un acontecimiento de mayor o menor importancia? Sí, pero en algunas ocasiones el periodismo ha trascendido la simple narración del hecho noticioso para elevarse por encima de sí mismo. Valgan como ejemplo dos figuras radicales, transformadoras y relacionadas. Truman Capote y Hunter S. Thompson.

Capote (1924-1984), además de genial narrador, fue el creador del “Nuevo Periodismo”, que no es sino la novelización de la noticia. Como ejemplo paradigmático, por supuesto, su “A sangre fría", de la que poco de nuevo se puede decir.

La otra figura sería el divertidísimo y brutal Hunter S. Thompson (1937-2005), creador alucinado del “Periodismo Gonzo”, un subgénero creado a raíz del “Nuevo Periodismo”, que consiste no sólo en la novelización de la noticia, sino en que además convierte al periodista en protagonista, catalizador y, en ocasiones, padecedor de esta. Baste poner por ejemplo la paliza que le dieron “Los ángeles del Infierno” cuando se enteraron de que HST ganaba dinero escribiendo sobre la banda, lo cual les importaba menos que el hecho de que no quisiera compartirlo con ellos. Uno de sus libros más conocidos tal vez sea "Miedo y asco en las Vegas", del cual se hizo una versión cinemátográfica con Johny Depp en el papel de HST, aunque el trabajo que realmente le encumbró fueron los artículos que escribió para "Playboy". A cualquiera que sienta pasión por el periodismo, o simplemente que desee pasar un gran rato, le recomendaría la lectura de "El diario del ron".

Estas dos formas del periodismo que hoy pueden parecernos superadas, supusieron un cambio radical en una época igual de convulsa que esta, los años 60 y 70 en Estados Unidos (beatnik, LSD, Vietnam) y son un ejemplo de la creatividad y la capacidad para salirse de los caminos trillados y crear nuevas maneras de entender esta profesión.

Quique Castro.