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jueves, 10 de mayo de 2012

Paisajes de Poblenou I: barbería vs estilista


¿Quién me mandaría engañar a mi peluquera con un paquistaní?
Nueve años hace que frecuento “Colomer”, barbería centenaria sita en Poblenou, y es que hay gente que va al estilista y gente como yo, que va al barbero, o barbera en este caso. “Colomer” lleva cien años en el mismo lugar, los mismos que tiene el único sillón que preside la sala, un “Triumph”, como la marca de las motos, de hierro forjado y porcelana blanca.
No me quejo del emprendedor paquistaní que se atreve a montar su negocio sin hablar una palabra de español, le sobran las agallas que nos faltan a muchos, pero mi cabellera ya está hecha a las tijeras de mi peluquera, y ella se conoce de memoria el remolino, la cicatriz y las manías, que ya van siendo.
Al acabar le digo al paquistaní que muy bien, aunque no me acabe de gustar la nuca, demasiado cuadrada, y aunque el flequillo lo remate yo mismo al llegar a casa con las tijeras del pescado.
Volveré con mi peluquera y ella no dirá nada, pero a través del espejo me lanzará una mirada que me hará sentir culpable. ¿Y qué quiere? Su tarifa es de once euros y medio, y el paquistaní me ha cobrado cinco.
Además soy reincidente. La primera vez que engañé a mi barbera fue en una peluquería que también me quedaba cerca de casa, pero de más postín, y en la que no llegué a sentirme cómodo en ningún momento. Entré con aire de culpabilidad al reclamo de las peluqueras que veía cada día al pasar por el ventanal, con esos aros como puños en las orejas y aquellas mandíbulas a punto de descoyuntarse por el chicle. Era una peluquería unisex, pero no había ni un hombre en la sala, a excepción de un peluquero gay.

Y ahí estaban la Vane y la Sonia, diligentes, profesionales, amables… incluso sonrientes. Y Lucía, y la Paqui, todas yendo y viniendo, y yo en el medio, entre una hilera de cabezas llenas de rulos y papel de aluminio que se volvieron y me miraron por encima de sus Holas, sus Prontos y sus Cuores. Desee salir y volver con mi barbera de Poblenou con sus Interviús atrasados y su Mundo Deportivo, quise escapar, salir corriendo. No es broma, no es un recurso literario, quise huir. Pero la jefa no me dejó, y antes de que me diera la vuelta para volver sobre mis talones apareció secador en mano.
-Hola.
-Hola… –digo yo-. Pues para cortarme el pelo… y eso.
-Espera..., a ver quién está –y se volvió para ver que alegre ninfa de coloridos cabellos masajearía mis sienes.
Y hete aquí que la ninfa fue…
-¡Paco!
¿Paco?, ¿cómo que Paco?, ¿qué quería decir con eso de Paco? ¡Ningún Paco masajearía mis sienes!
Paco apareció y me miró de arriba abajo sin pudor alguno.
-Dame la chaqueta.
-¿Para qué?
-¿Quieres un café?
-No.
-Ponte esto.
Yo esperaba el típico mandilón que te atan con esparadrapo al cuello. Nada de eso, ¡tenía mangas!, y se ataba al cuello con un lacito que caía por delante. Kurtz no sabía lo que era el horror.
-Siéntate aquí anda –Paco me señaló la palangana para lavar la cabeza.
-Ya me he lavado el pelo.
-Da igual –Paco era dominante.
-No, pero digo que yo que…
-¡Verooo! ¿Le lavas el pelo, por favor?
Vero, ¿cómo era Vero?, ya ni me acuerdo, pero yo le estuve agradecido todo el tiempo que duró nuestra relación, unos cinco minutos, con champú y masaje y todo ese blablabá sensual. Tengo una amiga peluquera. Un día me dijo:
-Cuando tengo que lavarle la cabeza a un chico que me gusta, me imagino que me lo estoy tirando.
Esa sí es una actitud profesional y comprometida. Yo no sé en qué estaría pensando Vero, tal vez en la hipoteca, en la noche del viernes, o tal vez en que tenía que desparasitar a su gato. Daba igual, Vero me lavó de cabeza, y luego me devolvió a Paco con la cabeza chorreante y las orejas relucientes.
-Me suena tu cara –dijo Paco.
-Ni idea.
-¿Vas al Nova Icaria? –El Nova Icaria es el gimnasio del barrio.
-Sí.
-Pues eso debe de ser. Yo es que iba al Alfa 5, pero me cambié por mi novio, que iba al Nova Icaria y mira, pues me convenció.
-Un buen gimnasio, sí, buenas máquinas.
-Y ya ves tú, porque después de pagar la matrícula me cansé de él y lo acabé dejando, oye, es que lo tenía encima todo el rato, no me dejaba ni respirar.
-Ya, es que a veces…
Y en eso interviene la peluquera que cortaba la cabeza a la señora de al lado
-¿Del Juan estás hablando ya?
-Sí hija.
-Menos mal que lo dejaste tú, que si te llega a dejar él.
-A veces lo pasa peor el que lo deja –añadió la cabeza llena de rulos que tenía a mi lado-. ¿no?
¿Dónde estaba Leo Messi?, ¿dónde estaba Mourinho?, ¿por qué nadie hablaba de ellos?, ¿y el Tour de Francia?
Y para colmo, dieciocho euros. Me quedo con mi barbera.

Quique Castro.