Tabitha llegó del Dunking Donuts en el que
trabajaba, dejó las bolsas de papel con la compra encima de la mesa y se abrió
una Cocacola. Al tirar la chapa en la basura vio las hojas arrugadas y le
picó la curiosidad. Cuando Steeve volvió del instituto en el que
acababan de contratarle para dar clases de lengua, se
encontró a su mujer cocinando y sus cuatro páginas con manchas de ceniza y salsa
de carne encima de la mesa de la cocina.
-No tenías que haberte molestado, no vale mucho.
-A mí me ha gustado.
-No sé cómo seguir, me he metido en un buen
berenjenal.
-¿Qué tienes en la cabeza?
-¿Te acuerdas el verano pasado, cuando trabajé de
conserje en el instituto?
-Claro.
-Una tarde tuve que ir con el fontanero a limpiar
los vestuarios de las chicas, fue raro-. Tabitha sonrió-. Quiero decir, es como
el de los chicos, pero al mismo tiempo es totalmente diferente. No tiene los
meaderos en las paredes.
-Cierto.
-Y también están esos cubos metálicos. No sabía
para qué eran, así que le pregunté a Harry.
-¿Y qué te dijo Harry?
-Que eran para tirar los “tapachochos”.
-Harry es un poeta.
-Sí, el caso es que allí, en el gimnasio de las
chicas, me acorde de Sondra.
Tabitha arrugó la frente.
-¿Quién es Sondra?
-Era la típica chica de la que se burlan todos en
el instituto.
-¿Tú te burlabas de ella?
-No, yo no… bueno, supongo que también puse mi
grano de arena.
-Y querías escribir sobre Sondra.
-No lo sé. Me imaginaba a una chica que le llega su
primera menstruación, pero no sabe lo que es y cree que se está muriendo,
entonces las demás chicas se ríen de ella y reacciona, contraataca.
-¿Y qué hace?
-Dicen que muchos casos de polstergeist en realidad son debidos a la telequinesis.
-¿Eso dicen?
-Sí, y también dicen que sucede sobre todo con chicas que están en el inicio de la adolescencia.
-Deberías seguir con la historia.
-No sé, no me emociona, y la protagonista no me cae
bien, es muy pasiva, ni siquiera cuando ocurren las cosas parece que sea asunto
suyo.
-Bueno, ese es tu trabajo, hacer que lo sea.
-Ya…, pero qué sabré yo de niñas que tienen su primera regla. Además, creo que tendría
que hacer más larga la historia para desarrollar la idea, y así no me la comprarían
en ninguna revista. Tenía pensado enviarla a Playboy, ¿sabes lo que pagan en
Playboy por un cuento?
-Olvídate de Playboy, Steeve, y escribe esa
historia -dijo Tabitha devolviendo los papeles a su marido.
No es que el trabajo en el instituto fuera duro,
era mucho peor cuando estaba en la lavandería y llegaban las sábanas del
hospital de Bangor manchadas de sangre, o los manteles de los restaurantes de
la costa de Maine con olor a marisco podrido y aquellos gusanos que le subían por los brazos, pero el instituto le dejaba
mentalmente exhausto, vacío. Aún así acabó su historia y se la mando a Bill
Thompson, un tipo que conocía que trabajaba en Doubleday. Y se olvidó del
tema.
Unos meses más tarde Steve estaba en la sala de
profesores corrigiendo exámenes cuando se encendió el intercomunicador y la
secretaria le informó de que tenía una llamada de su mujer. En casa todavía no
habían puesto teléfono, así que Tabitha tenía que estar llamando desde casa de
los vecinos. Steeve rezó para que no les hubiera pasado nada a ninguno de los
niños.
-¿Tabby?
-¿Steeve?
-Tabby, ¿qué pasa?
-Tanquilo, tranquilo. Ha llegado un telegrama de
Doubleday.
-¿Qué dice?
-Espera… sí… dice “FELICIDADES. CARRIE YA ES
OFICIALMENTE DE DOUBLEDAY. ¿QUÉ TAL 2500 DE ADELANTO? ESTO SÓLO ES EL
PRINCIPIO. UN ABRAZO.
Quique Castro.
Basado en "Mientras escribo", de Steephen King.
Quique Castro.
Basado en "Mientras escribo", de Steephen King.