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jueves, 17 de mayo de 2012

Un Óscar supercalifragilisticuespialidoso



-Lo siento Julie –dijo Rex.
-No puedo creerlo, sencillamente, no puedo creerlo.
Rex imaginó que no lo hubieran elegido a él para el papel y sintió cómo la cólera lo invadía de nuevo.
-Ha sido Warner, todo es cosa de ese animal.
-¿Y George?
-¿Cuckor? Él quería que el papel fuera para ti, todos los querían, incluso ella lo quería.
-Ella…
-Sí, por supuesto –Rex se agachó y tomó a Julie de las manos-. Audrie rechazó el papel, igual que las demás, todas querían que My fair lady fuera para ti, todas sabían que te pertenecía.
-Noche tras noche en Londres, en Brodway… –dijo Julie-. ¿Tantos años no son suficientes?
-Jack quería una estrella –Rex titubeó un segundo-. Entiéndeme, tú eres…
-Tranquilo Rex, Jack Warner tiene razón, yo nunca he actuado en el cine, y ella es…, bueno, ella es la estrella que más brilla.
-Sólo aceptó el papel cuando supo que si no lo hacía se lo darían a Liz Taylor.
-Eso sí que es un consuelo.

Durante las semanas que siguieron, Julie cayó en una profunda melancolía de la cual sólo era capaz de salir cuando subía al escenario e interpretaba su papel. Pero ya no era a Eliza Doolittle a quien interpretaba, sino a la reina Ginebra, otra vez con música y letra de Lerner y Loewe, que sólo accedieron a escribir Camelot cuando les dijeron que el papel principal sería para ella.

Aquella noche, nada más acabar la función, le llegó la noticia de que alguien quería entrevistarse con ella a toda costa. Julie sabía que se trataba de una persona muy importante, por eso, sin más demora, la hizo pasar a su camerino.

-Supercali… superfragi…, ¿qué?
-Supercalifragilisticoespialidoso.
-¿Cómo es capaz de decir eso? –Julie no pudo evitar que se le escapara una sonrisa.
-¡A mis hijas les encanta! ¡No paran de repetir esa palabreja! De verás, es una historia genial, tiene ese toque perfecto de magia, de inocencia. Créame Julie, podríamos hacer una gran película.
-Señor Disney…
-Llámeme Walt.

-Walt, reconozco que me tiene intrigada.

Las dos películas se rodaron prácticamente al mismo tiempo. Se esperaba que My fair lady fuera una obra colosal, algo nunca visto desde Lo que el viento se llevó, y parecía que los pronósticos iban a cumplirse. Se rumoreaba también que la interpretación de la Hepburn era prodigiosa, e incluso el propio Rex Harisson, que meses antes había declarado: “Se supone que Eliza Doolittle se tiene que sentir incómoda en los bailes europeos. ¡La maldita Audrey jamás pasó un segundo fuera de los bailes europeos!», ahora hablaba maravillas de ella.

Pero la noche de las nominaciones llegó la primera sorpresa. Audrie Hepburn no se disputaría el Oscar con el resto de actrices de ese año, tal vez porque, a pesar de su estupenda interpretación, había sido doblada en las canciones. La siguiente sorpresa, o no tanto, fue que Julie Andrews sí que lo fue.

5 de abril de 1965, Bob Hope, adorado por el público, uno de los grandes presentadores de la historia de ceremonia, dio paso a Sidney Pottier, ganador el año anterior del Oscar al mejor actor principal por Los lirios del valle, que anunció a las nominadas de aquel año por este orden: Julie Andrews, por Mary Poppins (Mary Poppins), Anne Bancroft, por Siempre estoy sola (The pumpkin eater), Sofia Loren, por Matrimonio a la italiana (Matrimonio all’italiana), Debbie Raynolds, por Moly Brown siempre a flote (The unsinkable Molly Brown), y Kim Stanley por Plan siniestro (Seance on a wet afternoon).
-And the winner is –Sidney Pottier abrió el sobre.
Nada más pronunciar su nombre, comenzaron a sonar las notas de Chim Chim Cheree, y una sonriente y pletórica Julie Andrews salió a recoger su premio.

Quique Castro.