-No puedo creerlo, sencillamente, no puedo creerlo.
Rex imaginó que no lo hubieran elegido a él para el papel y sintió
cómo la cólera lo invadía de nuevo.
-Ha sido Warner, todo es cosa de ese animal.
-¿Y George?
-¿Cuckor? Él quería que el papel fuera para ti, todos los querían,
incluso ella lo quería.
-Ella…
-Sí, por supuesto –Rex se agachó y tomó a Julie de las manos-. Audrie
rechazó el papel, igual que las demás, todas querían que My fair lady fuera para ti, todas sabían que te pertenecía.
-Noche tras noche en Londres, en Brodway… –dijo Julie-.
¿Tantos años no son suficientes?
-Jack quería una estrella –Rex titubeó un segundo-. Entiéndeme, tú
eres…
-Tranquilo Rex, Jack Warner tiene razón, yo nunca he actuado en el
cine, y ella es…, bueno, ella es la estrella que más brilla.
-Sólo aceptó el papel cuando supo que si no lo hacía se lo darían a
Liz Taylor.
-Eso sí que es un consuelo.
Durante las semanas que siguieron, Julie cayó en una profunda
melancolía de la cual sólo era capaz de salir cuando subía al escenario e
interpretaba su papel. Pero ya no era a
Eliza Doolittle a quien interpretaba, sino a la reina Ginebra, otra
vez con música y letra de Lerner y Loewe,
que sólo accedieron a escribir Camelot
cuando les dijeron que el papel principal sería para ella.
Aquella noche, nada más acabar la función, le llegó la noticia de que
alguien quería entrevistarse con ella a toda costa. Julie sabía que se trataba
de una persona muy importante, por eso, sin más demora, la hizo pasar a su camerino.
-Supercali… superfragi…, ¿qué?
-Supercalifragilisticoespialidoso.
-¿Cómo es capaz de decir eso? –Julie no pudo evitar que se le escapara
una sonrisa.
-¡A mis hijas les encanta! ¡No paran de repetir esa palabreja! De verás, es una historia genial, tiene ese toque perfecto de magia, de inocencia. Créame Julie, podríamos hacer una gran película.
-Señor Disney…
-Llámeme Walt.
-Walt, reconozco que me tiene intrigada.
Las dos películas se rodaron prácticamente al mismo tiempo. Se
esperaba que My fair lady fuera una
obra colosal, algo nunca visto desde Lo
que el viento se llevó, y parecía que los pronósticos iban a cumplirse. Se
rumoreaba también que la interpretación de la Hepburn era prodigiosa, e incluso
el propio Rex Harisson, que meses antes había declarado: “Se supone que Eliza
Doolittle se tiene que sentir incómoda en los bailes europeos. ¡La maldita
Audrey jamás pasó un segundo fuera de los bailes europeos!», ahora hablaba
maravillas de ella.
Pero la noche de las nominaciones llegó la primera sorpresa. Audrie
Hepburn no se disputaría el Oscar con el resto de actrices de ese año, tal vez
porque, a pesar de su estupenda interpretación, había sido doblada en las
canciones. La siguiente sorpresa, o no tanto, fue que Julie Andrews sí que lo
fue.
5 de abril de 1965, Bob Hope, adorado por el público, uno de los
grandes presentadores de la historia de ceremonia, dio paso a Sidney Pottier,
ganador el año anterior del Oscar al mejor actor principal por Los lirios del valle, que anunció a las
nominadas de aquel año por este orden: Julie Andrews, por Mary Poppins (Mary
Poppins), Anne Bancroft, por Siempre estoy sola (The pumpkin eater), Sofia
Loren, por Matrimonio a la italiana (Matrimonio all’italiana), Debbie Raynolds,
por Moly Brown siempre a flote (The unsinkable Molly Brown), y Kim Stanley por
Plan siniestro (Seance on a wet afternoon).
-And the winner is –Sidney Pottier abrió el sobre.
Nada más pronunciar su nombre, comenzaron a sonar las notas de Chim
Chim Cheree, y una sonriente y pletórica Julie Andrews salió a recoger su
premio.
Quique Castro.
