Ya sabéis quien soy. Soy el
vecino de abajo, el que hace siete meses que sube un día sí y otro también a
deciros que no podemos vivir así, que mi hija, un bebé de seis meses, se
despierta por los golpes, y que los vecinos no podemos descansar. A veces hemos
conversado con calma, otras veces nos hemos enfrentado porque nosotros ya no
aguantábamos más y, a juzgar por todos los compañeros vuestros que han pasado y
han abandonado, vosotros tampoco, y lo entiendo.
El viernes por la noche tuvimos
el penúltimo follón (el ultimo ha sido esta noche). Hablé con el educador del cuarto piso, y tuvimos una buena
conversación. Me dijo que lo lamentaba, que él y todos sus compañeros querían
irse ya de Pedro VI 76, y que lo sentían por mi familia y por todos los vecinos.
Y me dijo algo que me habéis dicho todos los educadores con los que he hablado, todos sin excepción, y son muchísimos ya, incluyendo a la directora del centro, y es que estos pisos no cuentan con las
condiciones adecuadas para educar a los menores. Es decir, que no somos sólo
nosotros el problema, sino los propios chicos. “Si uno de estos chicos se cae
por un balcón, ¿qué ocurriría?”.
Bien. Parece que a la DGAIA esto
le da igual, a ellos solo les preocupa meterlos en cualquier sitio, donde sea, para que no se les caiga el pelo. A la fundación Ibn Battuta tampoco parece que le importe, y que los vecinos que no
descansamos y vivimos entre basura y gritos sólo somos daños colaterales. Por
eso os voy a decir lo que creo que deberíais hacer. Es sólo mi opinión, y os la digo con el mayor respeto, puede
que os parezca una chorrada, no estaréis de acuerdo por los motivos que sea, y
estáis en vuestro derecho de seguir como hasta ahora, pero os lo voy a decir
igualmente, porque creo que me he ganado ese derecho.
Creo que tendríais que juntaros y
dimitir en bloque, y avisar a todos vuestros compañeros por redes sociales, o
incluso a través de los medios, de que no trabajen con la fundación Ibn
Battuta. Creo que debéis dimitir por los vecinos, debéis dimitir porque en
siete meses siguen orinando dentro de las escaleras, y siguen tirando cascaras
de pipas por el balcón (que luego mi mujer quita de la ropa recién lavada y
tendida de nuestro bebé), creo que debéis dimitir por el bien de los chicos, y creo que
debéis dimitir, sobre todo, porque todos y cada uno de vosotros y vosotras ha
elegido su profesión para ayudar a los demás.
Os voy a decir una cosa. Estoy a
favor de la integración. Mi mujer y yo lo hemos pasado mal y hemos llorado
juntos porque creíamos que no nos merecíamos que nos pasara esto justo cuando
acababa de nacer nuestra hija. Y aun así sigo a favor de la integración. Por
eso creo que debéis dimitir, porque en estos pisos no estáis ayudando a
integrar a los menores, y lo sabéis, porque vosotros mismos me lo habéis dicho;
debéis dimitir porque lo únicoa lo que
estáis contribuyendo es a crear un gueto y conflicto vecinal; debéis dimitir y dar
un paso adelante porque así, y solo así, estaréis ayudando a que a estos chicos
se les ubique en un centro adecuado desde el que podáis trabajar; debéis
dimitir para no cubrirle más las espaldas a la verdadera responsable de este
desastre, la DGAIA (Direcció General d'Atenció a la Infància i l'Adolescència);
y debéis dimitir porque, si no os convertís en actores principales, lo único
que vais a conseguir es desgastaros, hacer daño a una comunidad, enfrentar a
los chicos a los que queréis ayudar y dejar que la fundación Ibn Batuta siga
cobrando subvenciones millonarias mientras a vosotros os deja expuestos.
Pisos saturados, educadores insuficientes, planificación
nula y conflicto vecinal, este es el modo en que la fundación Ibn Battuta y la
DGAIA entienden la gestión de pisos de acogida para menores en riesgo de
exclusión social provenientes del Magreb.
Hace siete meses la fundación Ibn Battuta, bajo el
auspicio de la DGAIA (Direcció General d'Atenció a la Infància i l'Adolescència),
alquiló tres pisos en el bloque situado en el carrer de Pere IV, número 76. En
cada uno de estos apartamentos se ubicó a nueve menores provenientes del Magreb
en riesgo de exclusión social, y desde entonces la vida de los vecinos no ha
podido ser la misma.
Peleas,
gritos, timbrazos constantes, carreras escaleras arriba y abajo, ruidos a todas
horas… Estas son las condiciones en las que nos obligan a vivir la fundación
Ibn Battuta y la DGAIA, como pueden dejar constancia la Guardia Urbana, Mossos
y Bomberos, por haberse tenido que presentar en numerosas ocasiones.
Al follón hay que añadir la suciedad. Desde estos
pisos se arrojan desperdicios en el interior y en el exterior de la finca: mondas,
envoltorios, preservativos…, que caen en los balcones de los vecinos y en el
patio, convertido ya en un estercolero. A pesar de que tienen prohibido fumar,
las escaleras están llenas de colillas (ni uno solo de los vecinos anteriores
fuma), y cabe destacar la costumbre que adquirieron estos jóvenes de orinar en
el hueco de las escaleras cuando charlaban en el portal, para no tener que
subir a sus pisos a usar el servicio.
El interior del bloque está llenó de pintadas
ofensivas, los buzones fueron arrancados de cuajo e incluso llegaron a romper
varios vidrios del portal para no tener que llamar al timbre cuando querían
subir. En este período de tiempo el ático fue desvalijado mientras su inquilino
acompañaba a su madre, enferma en el hospital, y el pasado día 27 de enero tuvo
que acudir la policía por enésima vez porque un grupo de chicos, que habían
estado hablando con los menores tutelados, forzaron el principal primera,
arrancaron la alarma y rompieron los vidrios de las ventanas mientras hacían botellón.
El vecino del ático, incapaz de soportar esta
situación, ha abandonado el piso, y ahora sólo aguantamos en el bloque cinco
ancianos y mi familia, formada por mi mujer y mi hija, un bebé de seis meses,
que nos vemos obligados a criar entre gritos, peleas y suciedad.
El pasado día 27 de diciembre mi hija se despertó
una vez más por culpa de los usuales portazos y gritos, y cuando se puso a
llorar decidí salir las escaleras a increparles para que dejaran de armar jaleo
de una vez. La respuesta de los chicos y de una de las tutoras fue bajar hasta
nuestro piso a gritarnos y tratar de intimidarnos. “¡Este es un centro de
menores, iros vosotros!”, me gritaba, a dos centímetros de mi cara, uno de los jóvenes,
mientras hacía amago de golpearme con el codo. Fue entonces cuando saqué el
móvil y me puse a grabar mientras recibía patadas, empujones y manotazos que
trataban de arrancarme el teléfono de las manos.
Esta
situación insostenible ha sido reconocida por la práctica totalidad de los educadores
con los que he hablado, que a su vez han declarado, con agentes de la Guardia
Urbana como testigos, que tener a tantos adolescentes en riesgo de exclusión
social en el mismo bloque es una pésima idea, ya que son incontrolables.
Los
vecinos hemos agotado todas las vías de negociación. Al principio hablamos con
los tutores, pero estos no duran más que unas semanas, por lo que la tarea
resulta inútil, nos quejamos a la directora del centro, denunciamos los hechos
dos veces al Ayuntamiento de Poblenou, una a Habitatge, nos presentamos en la
DGAIA y escribimos a la fundación Ibn Battuta —tengo copia de todos los
escritos sellados—, pero la situación sólo ha ido a peor.
Rosa
Pérez, Cap de Servei de la DGAIA, reconoció que la situación era un fracaso, y
que intentarían trasladar a los jóvenes a otra ubicación para que estos pisos
los pasaran a ocupar mayores de edad, hasta un máximo de cuatro por piso. Los
vecinos hemos declarado que reconocemos el derecho de la gente que emigra a
buscar su felicidad, y que entendemos la existencia de pisos de tutela de
menores, pero creemos también que debería regularse tanto el número viviendas
destinadas a esta tarea como el número de jóvenes que pueden habitarlas en un
mismo edificio. De lo contrario solo sirven para crear guetos que derivan en
conflicto vecinal.
El
pasado día 23 de enero, el administrador de la finca —todos los pisos pertenecen
a una misma propiedad— comunicó por mail la rescisión de contrato por
incumplimiento de cláusulas al presidente de la fundación Ibn Battuta, el señor
Mohammed Chaib. En todo este tiempo el señor Mohammed Chaib jamás se ha dignado
a comunicarse con los vecinos, a pesar de la situación de emergencia que
vivimos, y su respuesta a la propiedad fue el desubicado escrito de un bufete
de abogados poco enterados y muy motivados, siempre una triste combinación.
Para
quien no lo conozca, el señor Mohammed Chaib es el actual número 6 en las
listas del PSC. Su propia comunidad le afeó, tras los atentados de Barcelona,
el descaro de arrogarse la representatividad de los musulmanes para su
beneficio político. Abdelhak Marso, presidente de la asociación Ibn Roshd, le
acusó de “manipular la manifestación de la comunidad musulmana”. Mohamed el
Ghaidouni, presidente de la Comunidad Musulmana en Cataluña, declaró que la
actitud de Mohammed Chaib tras los atentados de Barcelona “no ayuda en
nada para unir la comunidad marroquí, sino al contrario, aporta actitudes
negativas que dañan al tejido social marroquí y no ayudan en nada a tratar
nuestros problemas”. Y la activista Latifa
el Hasaní declaró, “no entiendo como este hombre se permite el lujo de
aprovecharse de la sangre de las víctimas”.
En
palabras de Rosa Pérez: “Barcelona sufre una emergencia social por la afluencia
masiva de jóvenes que vienen de Marruecos”. Reconoce la Cap de Servei, además,
que su departamento no dispone de los medios suficientes para hacerle frente, y
que cuando decidieron meter a los chicos en este
bloque “ni siquiera sabíamos que había vecinos en la finca”. Los vecinos entendemos que la Direcció
General d'Atenció a la Infància i l'Adolescència no ha hecho más que esconder sus problemas
debajo de la alfombra, y denunciamos la improvisación de este departamento.
A modo de anécdota ilustrativa, en la misma reunión que sostuve con la
Cap de Servei, esta nos dijo, en primer lugar, que Barcelona ejercía un efecto
imán para estos jóvenes, a los que se trataba de dar cobijo. Pero cuando le dijimos que ya no aguantábamos más,
que nos tendríamos que ir de la que es nuestra casa y nuestro barrio hace
quince años, nos propuso que buscáramos en otros pueblos fuera de Barcelona,
que son más baratos.
El día 15 de enero informé de estos hechos al presidente de la Asociación
de Vecinos de Poblenou, Salvador Clarós Ferret. Ese mismo día Salvador se puso
en contacto con el Sindic de Greuges de Barcelona y con el Ayuntamiento del
distrito de Sant Martí. Gracias a su gestión, rápida y eficaz, se presentaron
un técnico y una técnica, que evidenciaron "serios conflictos de convivencia y de estructura".
El
carpintero de la calle está harto del follón que arman; otro vecino que este
verano montó una lavandería está desesperado porque siempre tiene a los chicos
sentados en el escalón, o incluso dentro de su negocio comiendo pipas (¿alguien
duda a dónde van las cáscaras?); el señor chino del bar de la esquina está
harto también, pero dice que prefiere no meterse en líos con esta gente; otro
vecino de origen argelino les ha recriminado en muchas ocasiones por el
lenguaje que usan a gritos a todas horas (él dice que por desgracia les
entiende), y les ha advertido que no se dirijan a su hija, de 15 años; lo mismo
que les ha aconsejado otro vecino del inmueble de al lado, cocinero del hotel
Pere IV. Todo es inútil.
En estos pisos no se ha desarrollado ningún trabajo positivo,
solo se han usado para ocultar una emergencia social y son los vecinos los que
estamos pagando el coste. Los responsables han
enterrado la cabeza. La DGAIA, hasta
el momento, ha preferido ocultar sus problemas, aún a costa de perjudicar a
otros ciudadanos (entre los que se cuentan ancianos de más de noventa años y
bebés de meses), la fundación Ibn
Battuta mantiene un exceso de menores en los pisos, no pone educadores
suficientes y a los que tiene les “paga mal y tarde”, en palabras de una de las
educadoras. Si creemos en un proyecto de ciudad integrador se tienen que poner
los medios necesarios, no vale improvisar una chapuza, dejar que los ciudadanos carguen con el peso y luego que unos cuantos políticos o tecnócratas ineptos salgan a la palestra pública a ponerse medallas. A veces, cuando trato de encontrar una explicación, pienso que todo esto se debe a que un
politicastro usa una fundación para darse ínfulas y sacar subvenciones, otras,
recuerdo la famosa frase de Heinlen “nunca subestimes la estupidez humana”, y
que esto es culpa de lo que vulgarmente se conoce como un “torpe motivado”. La
negligencia y la irresponsabilidad suelen hacer más daño que la maldad.
Los
vecinos estamos hartos, no aguantamos más, e igual que se nos exige que
cumplamos nuestra obligaciones como ciudadanos, exigimos a las autoridades
correspondientes que se pongan de acuerdo para solucionar este grave problema
que afecta a la convivencia vecinal y a nuestra salud física y mental.
En su propuesta de
negociación, los restauradores del barrio aceptarían una reducción del 20% para
los locales que tienen más mesas, lo que supondría pasar de las 20 actuales a
un tope de 16, y no las 12 que estipula la normativa. Para reivindicar sus exigencias
se han manifestado en numerosas ocasiones, han hecho huelga de terrazas e
incluso han llegado a recoger 8.000 firmas de apoyo.
“Nada de lo que hemos
hecho ha servido, y por primera vez en mi vida no sé cómo se va a dar la
temporada, trabajaremos como podamos y, si no salen los números, hasta aquí
habremos llegado después de 105 años”, concluye Tere Moreno, visiblemente
emocionada.
Al mismo tiempo otros grupos
vecinales como Fem Rambla se lamentan de que estas medidas no sean más
restrictivas. “Reivindicamos para toda la ciudad un horario de terrazas de
08.00 a 23.00 de domingo a jueves y de 08.00 a 24.00 los viernes, sábados y
vísperas de festivos”, proponen en comunicado oficial publicado a través de su
página web.
En palabras de Jaume
Badenes, presidente de la Asociación de vecinos de Poblenou: “Este es un
problema de convivencia y de preservar la esencia del barrio. Al final todo son
bares y comercio para el turista, y nosotros queremos evitar que la Rambla de
Poblenou se acabé convirtiendo en un paseo sin identidad como la Rambla de
Barcelona”. Opinión similar a la que sostiene Pere Mariné, miembro del
colectivo de Fem Rambla, que afirma: “Si seguimos así nos acabaremos
encontrando una Rambla donde el 80% de los establecimientos no sean para los vecinos,
sino para los turistas”.
Por fin, tras años de
negociaciones y varias prorrogas, 2017 había de ser el año en que el asunto de
las terrazas de Barcelona quedara zanjado definitivamente. Sin embargo algunos
hosteleros del barrio se muestran preocupados ante el futuro incierto que les
depara la nueva ordenanza.
“Ha sido una negociación
dura, pero hemos conseguido un equilibrio que pensamos que es bastante
aceptable. Según nuestro punto de vista, es absurdo destinar la práctica
totalidad del espacio público a la restauración. Al final tendremos una Rambla
de calidad para uso ciudadano, el objetivo es este, y la ordenanza lo permite”,
concluye el presidente de la Asociación de Vecinos.
Toni Ramos, presidente de
la Asociación de hosteleros de Poblenou, tiene un punto de vista radicalmente
opuesto y afirma que: “Estamos de acuerdo con reducir las mesas y repartirlas,
pero esta es una norma criminal impuesta por decreto, no han hecho caso a
ninguna de nuestras propuestas”, y continúa: “Tenemos buena voluntad y nos
preocupa el barrio, hace dos años nos reuníamos continuamente con Fem Rambla y
con la Asociación de Vecinos, pero desde que está el Gobierno actual no tienen
necesidad de negociar porque el Gobierno y la asociación son la misma cosa”.
La Asociación de Vecinos
y la Asociación de Hosteleros tienen un objetivo común, y es que la Rambla de
Poblenou no se convierta en un paseo sin identidad como ha ocurrido con la
Rambla de Barcelona, solo que para ello proponen medidas diferentes. Para la
Asociación de Vecinos hay que limitar las terrazas para generar espacios de
convivencia y que la rambla no acabe siendo un paseo de bares y supermercados
24 horas para turistas. Para la Asociación de Hosteleros limitar el número de
mesas hará que suban los precios, lo que sustituirá a los clientes del barrio
por turistas más adinerados, y los locales de toda la vida tendrán que cerrar
para que su lugar sea ocupado por bares de copas o franquicias.
Otro punto en el que
coinciden Jaume Badenes y Toni Ramos es que el turismo ha sido positivo y que
el barrio ha mejorado mucho, pero que la gente del barrio cada vez lo tiene más
difícil para permanecer en él. “Poblenou era un barrio de ratas y camiones,
nadie lo quería. Ahora el barrio es divino para vivir, para trabajar, para descansar,
pero ya no es Poblenou, a la gente autóctona la están echando”, conviene Toni.
Sin embargo el presidente
de los hosteleros cree que no habría que limitar este turismo, mientras que el
representante vecinal entiende que existe una relación entre turismo y la
subida directa del precio de los alquileres. Los turistas contribuyen a poner
de moda el barrio, y los propietarios de los inmuebles prefieren destinar sus
viviendas a alquileres de corta estancia, mucho más caros y mucho más
rentables.
Barcelona en Comú
pretende evitar la privatización sistemática del espacio público y hacer del
barrio un espacio vivible para todos, por lo que ha dado la razón a la
Asociación de Vecinos. Sin embargo los precios de la vivienda y los alquileres
no han dejado de subir, tal vez, dentro de unos años, ya nadie recuerde que
hubo un día en que las chimeneas de Poblenou echaban humo, y sus nuevos vecinos
crean que no son más que otro ornamento más o menos original.
La nueva ordenanza
municipal de terrazas servirá para reordenar la disposición de las mesas en la
Rambla de Poblenou. Esta medida, cuya finalidad es devolver a los ciudadanos
parte del espacio público, reducirá en 24 las 469 mesas actuales.
La medida no ha sentado a
todos por igual. Toni Ramos, presidente de la Asociación de Hosteleros, cree
que esta ley tendrá una repercusión negativa en sus ingresos, con la
consecuencia directa de destrucción de puestos de trabajo, y afirma: “Los
precios van a subir porque no puedo sacar lo mismo con 20 mesas que con 8 o 12,
y es la gente del barrio la que va a sufrir esta subida”.
Porque el problema de
fondo no es la desaparición de 24 mesas -número que la Asociación de Hosteleros
eleva a 100-, sino el reparto que se hará de las 445 restantes. La ordenanza
asegura 4 mesas para cada establecimiento, incluso para los que antes no tenían
ninguna, pero también limita su número máximo a 12. Otro factor a tener en
cuenta es que no se podrán poner mesas donde haya árboles, farolas, pasajes o
edificios públicos, por lo que algunos locales se ven ya obligados a colocar su
terraza a 15 o 20 metros de distancia.
Tampoco se ha tenido en
cuenta que el 70% de las terrazas están comprendidas en la zona central de la
Rambla. Así, esta medida no afectará en absoluto a algunos de los locales que
ya se ajustaban al número de mesas permitido, mientras que otros, como Can Toni
o El Tío Ché, con una estructura empresarial ya consolidada, verán reducidos
sus ingresos drásticamente.
“De 17 establecimientos
que éramos en el año 2.000 hemos pasado a ser casi setenta, pero la rambla no
se ha hecho más grande y en ese espacio hemos de caber todos”, dice Tere
Moreno, cuarta generación al frente de El Tío Che, la centenaria horchatería de
la Rambla, pero matiza: “Tal vez no se debería tratar igual a un local que hace
30 años que está y a otro que ha traspasado una tienda de ropa de toda la vida
para poner un bar de copas; al final la rambla se está llenado de negocios que
no dan caliu, y la esencia del barrio
se va a perder completamente”.
La rambla de Poblenou
todavía no es considerada zona de turismo de borrachera, pero algunas
plataformas vecinales han alzado su voz contra la masificación turística que
amenaza con transformar el barrio. “Stop
massificació turística”, o “Veïnes en
traspàs”, son algunos de los mensajes que pueden leerse en los carteles que
cuelgan de los balcones.
“Aquí no hay turismo de
borrachera, el Poblenou es un barrio familiar, pero el reparto de terrazas
puede ser perjudicial, porque fomenta que los restaurantes no tengas mesas y los bares de copas sí”, declara Tere
Moreno, y pone un ejemplo: “Hay un restaurante de la zona que va a pasar de 20
mesas a 8, mientras que los dos bares de copas que tiene al lado les han dado 8
a cada uno”.
Según un estudio
elaborado por el Ayuntamiento de Barcelona, el 22@ ha atraído hasta el año 2017
a unas 4.500 empresas, lo que a su vez ha supuesto la creación de unos 93.000
puestos de trabajo, en su mayoría dirigidos al perfil de un profesional joven y
cualificado, se han levantado 32 hoteles, que ofrecen unas 12.000 plazas, y
suman 700 los pisos legales que ofrecen habitaciones a turistas.
La consecuencia de este
éxito ha sido un encarecimiento paulatino del metro cuadrado, tanto para venta
como para alquiler, que está expulsando de la zona a sus vecinos tradicionales
y que contribuye a que negocios de toda la vida se hayan visto obligados a
echar el cierre y ser sustituidos por cadenas y franquicias que atentan contra
la autenticidad del barrio.
“La presión urbanística
ha puesto el precio del suelo a unas cotas que la gente de aquí no puede pagar,
y sólo se ha construido la mitad de las viviendas de protección oficial, unas
2.000 de las 4.500 que estaban previstas. La primera fase del 22@ fue bastante
rápida pero llegó la crisis y se detuvo la actividad”, declara el presidente de
la Asociación de Vecinos.
Lo cierto es que, con 30
millones de visitantes al año, la masificación turística no es un problema
exclusivo de Poblenou, sino que afecta a toda Barcelona y enfrenta a la opinión
pública.
“El último año ha sido tremendo, seguramente en gran
medida haya sido por el turismo: a medida que Ciutat Vella se colapsa, los
promotores ponen su ojos en Poblenou, que está bien comunicado y tiene acceso a
la playa”, asegura Jaume Badenes.
Por ello el gobierno de
Ada Colau ha tomado cartas en el asunto y ha dividido la ciudad en zonas que
regulan la actividad hotelera.
Zona 1. Si cierra un hotel
no se puede abrir otro. Hostafrancs, Gràcia, Vila Olímpica y el
Poblenou.
Zona 2. Si cierra un
hotel, podrá construirse otro con el mismo número de plazas. Sagrada Família, parte de El Putxet, de Vallcarca y Penitents, la Salut, el Camp d'en Grassot y Gràcia Nova, Baix Guinardó, Llacuna, Diagonal Mar y Front
Marítim, Nueva Esquerra
de l'Eixample, parte de Sant Antoni.
Zona 3. Se podrán generar
nuevas plazas. Nou Barris,
Horta-Guinardó, Sant Andreu y parte de Sants-Montjuïc y Sarrià-Sant Gervasi.
Zona 4: Ámbitos con
regulación específica. Entre estas zonas se encuentra el distrito 22@, que
comprende gran parte de Poblenou.
Para los hosteleros,
limitar las zonas de crecimiento no servirá para nada; los turistas continuarán
llegando y aumentarán los pisos ilegales, además, aseguran, se creará una
burbuja hotelera, ya que, como no se pueden abrir nuevos hoteles, los que
existen se vendarán por precios desorbitados, y, por último, bajará la calidad
del servicio en relación a los precios que tendrán las habitaciones. En
definitiva, el intento de Barcelona en Comú es un varapalo a un sector que
mueve en la ciudad 15.000 millones de euros al año y que representa el 14% de
su PIB.
El 22@ fue el otro gran
hito que contribuyó al cambio de paisaje humano y arquitectónico en Poblenou.
Este proyecto urbanístico, iniciado en el año 2.000, englobaba un área de 200
hectáreas y 115 manzanas, e influyó de modo decisivo en la progresiva
desindustrialización del distrito. La economía dejó de tener como eje la
producción de bienes de consumo y pasó a estar orientada a otros sectores
estratégicos que podrían dividirse en cuatro grandes bloques: el diseño, la
comunicación, el sector energético y el biotecnológico.
Al 22@ se llevaron en
primer lugar algunas empresas públicas como el Consell de l'Audiovisual de
Catalunya (CAC), la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), el
Banc de Sang, Aiguas de Barcelona o Indra, para, a continuación, atraer
empresas del ámbito privado, ya fueran de nueva creación o trasladadas desde otros
puntos de la ciudad. Un ejemplo de estas nuevas empresas sería el gigante
Schibsted, propietario de algunos de los portales de mayor éxito en Internet,
como Fotocasa, InfoJobs o Vibbo.
Los organismos oficiales defendían el 22@ como
un esfuerzo por relanzar el Poblenou, ya que dinamizar la actividad económica por
encima de la especulación inmobiliaria evitaría crear otro barrio residencial
como el de la Vila Olímpica. Sin embargo, las voces contrarias denunciaban la
hipocresía que suponía hablar de regeneración urbana en aras del interés
ciudadano cuando lo que realmente se pretendía era desplazar a la clase obrera
por otra de un nivel económico superior.
“En el año 2.000, cuando
se planteó el 22@, lo que pretendíamos era evitar la especulación, para ello
pedimos que se mantuviese la zona de actividades productivas y que todas las
viviendas que se construyeran fueran de protección oficial”, declara Jaume
Badenes, presidente de la Asociación de Vecinos de Poblenou, y concluye: “a pesar de ello, el precio de la vivienda en el
barrio siguió aumentando, y en seguida nos dimos cuenta que la solución pasaba
por cambiar el tipo de acceso a la vivienda y priorizar el alquiler sobre la
compra”.
Según Jaume Badenes, una
posible solución para controlar el progresivo aumento del precio de la vivienda
y los alquileres, pasaría por establecer un precio de referencia que sería
negociado entre la administración y las asociaciones de inquilinos y
propietarios, tal y como ocurre en otras ciudades de Europa como Berlín o
París. En Berlín, por norma general, el alquiler es de tipo indefinido, y su
incremento queda limitado al precio de referencia, mientras que en Francia, al
finalizar el contrato, el inquilino tiene derecho a negociar una renovación en
las mismas condiciones.
Los años setenta
significan el declive industrial del Poblenou, la crisis y el paro asolan la
economía y en los ochenta las drogas y la delincuencia causan estragos en un
barrio cada vez más degradado y todavía aislado de la metrópoli. No será hasta
las Olimpiadas de 1992 en que se dé el primer gran cambio: se elimina la vía
férrea, se tiran abajo las grandes factorías que servían de barrera y la ciudad
se abre al mar. También se modernizan las infraestructuras y se mejoran las
conexiones, se crean varios centros comerciales y hasta se construye un nuevo
barrio, la Vila Olímpica.
La Vila Olímpica,
enclavada en el mismo Poblenou, se levantó en la zona que ocupaba el antiguo
barrio de Icaria. Contaba con el atractivo de estar ubicada junto al mar, cerca
del nuevo Puerto Olímpico y el recién construido paseo marítimo, y nació con
vocación de barrio residencial y comercial, para lo que se dotó de modernas
infraestructuras sociales.
Diseñada como si fuera a
erigirse sobre zona virgen y el barrio de Icaria jamás hubiera existido, para
construir la Vila Olímpica hubo que derribar 157 fábricas, muchas de las cuales
se vieron obligadas a cerrar definitivamente. A esto hay que añadir que un gran
número de estas construcciones formarían parte de un patrimonio arquitectónico
excepcional, hoy perdido para siempre. Se aceptó, en definitiva, que un pedazo
de la historia de Barcelona se desintegrase, pero a cambio, cuando acabaran las
Olimpiadas, la ciudad dispondría de un nuevo barrio de primera categoría. Al
menos durante un tiempo.
Pero Poblenou no siempre
ha sido eje cultural, crisol creativo y vivero de nuevas tecnologías. Desde
finales del siglo XIX y hasta hace pocos años era un barrio industrial en el
que altas chimeneas de ladrillo humeaban a un cielo embarrado y fábricas
desmesuradas devoraban filas de obreros que acudían a trabajar de sol a sol. Toda
la inmundicia de las factorías químicas, talleres textiles o curtidurías, se
vertía a través de un río de azufre, cloro y metales pesados a un mar ajeno a
la ciudad, y el cólera y la viruela germinaban en los pozos negros y se
dispersaban entre barracones destartalados y lastimosos bloques de viviendas.
El abandono social al que
fue condenada esta barriada por parte de las distintas instituciones a lo largo
de las siguientes décadas, hizo que fueran los propios vecinos los que se
unieran para lograr unas condiciones de vida dignas. Así, surgen cooperativas
obreras como L’Artesana y La Flor de Maig, gracias a las cuales sus asociados
podían comprar a precios más baratos al por mayor, se fundan el Ateneo Colón,
el Centro Moral y Sindical, e incluso nacen instituciones deportivas como el
Club de Natación Poblenou. Puede afirmarse, sin duda, que se trataba de un
barrio obrero y republicano, un barrio con conciencia de clase en el que sus
vecinos tomaban parte activa en la vida social y política.
Tanto es así que, durante
la Guerra Civil, debido al elevado número de fábricas y fundiciones existentes,
Poblenou se convierte en zona industrial bélica y en objetivo militar de los
primeros bombardeos. Pasada la contienda, entre 1939 y 1952, hasta 1.500
personas serán fusiladas en el antiguo Camp de la Bota, donde ahora se sitúa el
Parc del Forum. El triunfo del franquismo hace que la participación política
desaparezca de la escena pública, pero la colaboración vecinal proseguirá en el
campo de la cultura y del arte hasta entrado el siglo XXI.
Las condiciones de vida
eran duras, y alrededor de unos 18.000
vecinos llegaron a vivir en las barracas del Somorrostro o Pequín, en un
espacio que, a lo largo de la costa, abarcaba desde el Hospital del Mar hasta
la riera de Bogatell. El alumbrado era deficiente, el agua potable tenía que
sacarse de las fuentes y acechaba el peligro continuo de las inundaciones.
Estas barracas duraron desde finales del siglo XIX hasta 1966, año en que
fueron demolidas con motivo de una visita de Franco y sus ocupantes fueron
trasladados al barrio de la Mina y a Badalona. Así era Poblenou.
Lo leemos en artículos de
la prensa escrita y en blogs, lo escuchamos en la radio y en la televisión: Poblenou
ha pasado de ser un barrio obrero a un barrio bohemio. Pero lo cierto es que,
si nos ceñimos a su estricto significado, cuando los barrios se ponen de moda
dejan de ser bohemios. A un barrio solo se le puede aplicar este calificativo
mientras conserva su suciedad, su brutalidad, su infamia. La bohemia tiene más
que ver con bares con serrín en el suelo, gritos en la madrugada e incluso con
la oreja cercenada de Van Gogh que con jóvenes que beben batidos detox, llevan barba a la moda y acuden a
trabajar en bicicleta a una empresa de tecnología puntera. Un barrio bohemio,
en definitiva, es aquel al que nunca se iría a pasear con la familia, ni
siquiera a plena luz del día.
Bohemio era el término
despectivo con el que los franceses llamaban a todo aquel que llevaba un estilo
de vida rebelde y excéntrico en oposición a la respetable burguesía. Se empezó
a usar como alusión a los gitanos venidos de Chequia, y fue popularizado en
1847 cuando Henry Murger publicó su libro Escenas
de la vida de bohemia. Es entonces cuando nace en el imaginario colectivo
el artista de aspecto despreocupado y estilismo variopinto cuya imagen
contribuyen a forjar numerosos creadores.
Una de las primeras
relaciones entre bohemia y gentrificación podríamos encontrarla, precisamente,
en París a finales del siglo XIX. Por aquel entonces Montmartre, a la derecha
del Senna, no era más que un suburbio de mala nota plagado de tugurios,
pensiones baratas y casas de lenocinio al que acudían artistas pobres atraídos
por los bajos precios de las viviendas, las mujeres y el alcohol.
Pintores como Lautrec,
Gauguin, Van Gogh, músicos como Satie, poetas como Rimbaud o Verlaine, vivieron
y se inspiraron en sus calles. Con los años, algunas veces los suficientes como
para que ya estuvieran criando malvas, algunos de ellos alcanzaron fama, los
movimientos artísticos a los que pertenecían, denostados en su momento, fueron
fagocitados por la burguesía, y sus obras se revalorizaron hasta convertirse en
activos de inversión financiera. Fue entonces cuando los precios de los
alquileres se elevaron, y la siguiente hornada de artistas, entre ellos la
famosa “generación perdida” de los locos años 20, que agruparía a nombres como
Hemingway, Stein o Fitzgerald, se vieron obligados a buscar refugio en la
orilla opuesta del Sena, concretamente en Montparnasse y en el Barrio Latino,
donde volvió a ocurrir lo mismo. En todo caso el arte y la bohemia no llegaban
cuando estos barrios se ponían de moda y se revalorizaban, al contrario, era
entonces cuando los artistas se iban y llegaban los burgueses.
Truños, calimocho y chunta chunta. Éste es el eslogan que debería sustituir, al menos en Poblenou, al mítico “sexo, drogas y
rock’n’roll” de los sesenta. Mientras que en el barrio de Gracia la Policía se
aposta en cada esquina para vigilar que la bohemia de pega despeje las calles
apenas dan las tres de la madrugada, a esas mismas horas, en Pedro IV, una
muchedumbre campa a sus anchas bebiendo y berreando, y así seguirán hasta más
allá de las cinco de la mañana.
Aparte de
por los cánticos nocturnos y el chunta-chunta de los coches en los que se hace
botellón, Pedro IV también debería ser famosa por ser la calle con más cagadas
de canes por metro cuadrado. ¿No hay un apartado específico para tal gesta en
el libro Guinness de los records? Sea como fuere, allí llevan los animales de
dos patas a sus animales de cuatro para que depongan unos magníficos
pastelotes. Caminar por Pedro IV es como hacerlo por un circuito de obstáculos.
Si pasas por aquí serás bienvenido, pero no te despistes, mira al suelo y
cuidado con las heces. Y si eres ciego…, lleva botas de agua.
Creo que se
debería prestar la misma atención a todos los barrios, independientemente de
que unos estén de moda y otros de pena, y de los políticos que vivan en ellos.