martes, 5 de noviembre de 2013

Viaje en el vagón de la locura

Subo por las escaleras automáticas de la parada de Clot para hacer transbordo con la línea roja. Delante de mí va ese tipo de barba de unos cincuenta años con su bicicleta, que lleva apoyada en el escalón superior. 

Ya le he visto más veces y puedo deciros una cosa, está zumbado. Pero eso no es un problema, todos estamos un poco mal de la olla, todos, incluso tú, sólo que tus paranoias y tus chorradas a ti te parecen normales. Así que, como os iba diciendo, no pasa nada. Al menos por el momento…

Hasta que pasa corriendo por su lado un chaval que casi lo tira. El chaval sigue de largo, como no, así que el barbas se agarra con una mano a la barandilla y con la otra sujeta la bicicleta a duras penas. Por fin el barbas logra recomponerse, y afirma la bicicleta en las escaleras mecánicas sin que se le caiga. Da igual, la caja de los truenos ya se ha destapado.

Nuestro amigo, de ojos vidriosos y mirada bovina y algo adormilada, algo narcotizada, ha despertado o, más bien, algo se ha despertado dentro de él. Empieza mascullando, pero para cuando hemos llegado a la plataforma y yo ya me he apoyado en la pared para esperar a que venga el metro mientras leo, ya está berreando a pleno pulmón.

Primero me hace partícipe de su indignación, pero sin argumentar demasiado, “no puede ser, esto no puede ser”, repite una y otra vez. Yo no le hago ningún caso. Luego pasa a insultar al chaval “¡Gilipollas!”, grita, “¡Gilipollas”!, y después pasa a combinar su indignación con el insulto “¡Esto no puede ser, gilipollas!”, siempre mirándome a mí. Y es entonces cuando algo en su cerebro hace click. Así es, para nuestro amigo de barbas, yo acabo de convertirme en el chaval que pasó corriendo por su lado y casi tira la bicicleta.

“¡Esto no puede ser, gilipollas! ¡Gilipollas!

La opción 1 es la mejor. Echar a caminar por la plataforma y alejarme progresivamente para que otro se convierta en el objeto de su furia. Yo opto por la opción 2: echo un vistazo al reloj del metro, 2:14 segundos para que llegue el tren, abro mi libro por su marca y me pongo a leer. Por el rabillo del ojo veo como la gente pasa y mira sucesivamente al barbas que me grita, y luego a mí, lo que quiere decir que, como bien habréis imaginado, no estoy demasiado metido en la lectura.

Pero el metro acaba llegando, como todo en esta vida, una buena oportunidad para escabullirme entre la multitud y alejarme un par de vagones de mi amigo. Sin embargo, como muchos de vosotros sabréis, soy un hombre de férreas costumbres, de costumbres… dictatoriales, podríamos decir en algunos casos. Diez años entrando por la misma puerta del vagón no van a concluir simplemente porque una persona enajenada te insulte en público, a que no.

Imaginad que subís a un vagón, y os encontráis a un señor de barbas (que a simple vista no tiene nada de particular), gritándole a un bellísimo joven que os recuerda ligeramente a esas estatuas griegas, modelos de perfección física (ese soy yo). La gente alucina, miran a mi amigo, me miran a mí, reconozco algunas miradas de comprensión y, aún no sé por qué, de repente me entra la risa.

Pues sí, serán los nervios, no lo sé, pero lo cierto es que en el fondo me parece una situación graciosa, y apenas me aguanto (lo cual quiere decir que yo tampoco ando muy fino), con lo que el señor se indigna aún más y grita y grita frente a mí mientras yo sigo apoyado en la barra del vagón y paso una hoja, como si estuviera leyendo.

Dos paradas, dos, escuchando impertérrito a mi pobre compañero de viaje, confuso, enfadado y, me temo, algo desorientado. Respiro con alivio cuando llega mi parada de Marina. Y cuando creía que mi viaje en metro a través de la locura había concluido, aún quedaba por llegar lo mejor.

Marina es una parada moderadamente concurrida, y junto a mi han bajado, no sé, pongamos unas quince personas. Otra vez hay que subir unas escaleras mecánicas, pero estas son mucho más estrechas, con lo que, si una persona se queda quieta en su escalón, las otras no pueden seguir subiendo, o lo hacen con dificultad.

Cansado y algo harto subo las escaleras, pero delante de mí hay una señora que me impide pasar. Las escaleras son estrechas, como he dicho, pero no impiden que uno pueda pasar si el otro se arrima un poco, tal y como suele suceder.

“Disculpe”, le digo, con ganas de ver al fin la luz del sol.

“¡Ni disculpe ni nada!”, me grita, “¡Si quieres correr vete por las otras!”.

Así, tal cual, gritando. Gritando. A tope.

Y ahí sí que, lo reconozco, no aguanté más. No le dije nada a la señora, pero hice caso omiso de su negativa y traté de sortearla, y en cuanto notó la presión de mi cuerpo, empezó a empujarme para que no pasara. Era una señora redonda y compacta, pero yo empujé más y acabé pasando.

“¡Mi pierna!”, gritó la señora, que unos segundos antes se afirmaba en su escalón como un huno con su bigote dispuesta a no ceder terreno.

Claro, yo miré para atrás para ver qué le pasaba. Y a la señora no le pasaba nada, pero detrás de ella subían en fila las quince personas que en el vagón habían presenciado como un pobre hombre me increpaba hasta la extenuación por algo que yo, en su universo particular, le había hecho. Todos me dirigían miradas desaprobatorias, alarmadas.
Supongo que pensaban que estoy loco.

Quique Castro.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Jo vull ser lliure

Te encuentras con amigos que cuelgan su estelada con la hermosa frase "jo vull ser lliure", que quiere decir "quiero ser libre". Y es una frase bonita, de verdad. Ellos, mi amigos catalanes (no es ironía, son mis amigos) pueden rezar al dios que prefieran, votar a sus políticos corruptos favoritos, casarse entre ellos o ellas, pero ya ves, no se consideran libres... es lo que tiene pagar impuestos. Que no mola.

Aunque pague lo mismo el Oriol de Cataluña que la María de Navarra que el Antón de Galicia, porque en España no pagas más o menos por ser ser catalán o gallego, sino por ser más rico o más pobre.
Pero que va, no mola pagar mucho y recibir poco, porque, ¿sabes qué?, que en Europa, Cataluña sería una potencia, una de las economías mas ricas, Cataluña sería lo más...
Bueno, aquí viene la mala noticia, y es que, en Europa, Cataluña pagaría lo mismo, sólo que en vez de pagar lo de Andalucía, Extremadura o Galicia, pagaría lo de Rumanía o Bulgaria.
Ah no, que tampoco mola eso. Ya...

Sé que a mis amigos catalanes les gustan mucho las banderas, lo sé porque las cuelgan por todas partes. Es lo que tiene ser un patriota, es lo que tiene querer ser libre, como vosotros, que se acaban colgando banderas.

Yo soy más de personas, me da igual un negro que un blanco que un celta con su gaita o que un madrileño con su... no sé, con sus callos a la madrileña, me da lo mismo la rojigüalda que la doble malta, todos somos más o menos igual de tontos y todos nos creemos más listos. Yo prefiero pelear para que los ricos no se lleven crudo lo que trabajan los pobres, para que los grandes lobbies no impongan leyes para no pagar e irse de rositas.

Espero que un día seáis libres, de verdad, como queréis, "jo vull ser lliure", oye, aunque olvidéis que llevamos 600 años juntos...  Pero que no sea porque os inventan causas, o porque olvidáis la solidaridad, que no sea porque en crisis todos queremos salvar nuestro pellejo, o porque el último político con ganas de recortar derechos y de pasar a la historia os ha llevado al huerto.

Jo vull ser lliure... també, y si os sentís oprimidos, que no sea por España, oye, que no sea por Picasso el malagueño, por Buñuel el de Aragón, Valle-Inclán el gallego o Garcia Lorca, el de Granada, que no pasa nada, que si queréis no tenemos una cultura en común, y a lo mejor ni siquiera echáis la siesta, ni jugáis al futbolín (un invento gallego, por cierto).

Y eso, que seáis muy libres, que no os agobie la hipoteca, ni el trabajo, ni el coche, ni el hijo, ni el perro, ni todas esas cosas que, lo siento, seguirán estando cuando no esté España. Y ya, por fin, seáis libres.

Quique Castro.

jueves, 22 de agosto de 2013

El escritor porno

Hola a todos, algunos me habíais preguntado si se podía descargar mi libro de alguna página. Aquí os dejo un enlace para que os descarguéis "El escritor porno" si os apetece. Se trata de una editorial de autoedición llamada Bubok. Editarlo me ha salido gratis, y no deja de ser una cosa curiosa.

http://www.lulu.com/shop/enrique-castro-rom%C3%A1n/el-escritor-porno/paperback/product-22596524.html

.La edición en papel 9,73€.

Por supuesto no sé quién lo comprará y quién no, así que esto va simplemente para aquellos a quienes les apetezca de verdad.
En cuanto lleguemos a los 500.000.000 de ejemplares, tal vez publique los otros que tengo escritos.
Si alguien quiere comentarlo o corregir algún error (siempre lo agradezco y mucho, de verdad), puede usar esta misma entrada.
Un saludo y gracias a todos.

Quique Castro.

viernes, 31 de mayo de 2013

El gran Gatsby vuelve a hacerse pequeño

Parece difícil hacerlo tan mal con un material tan bueno, pero es que incluso la sosa peli que protagonizaba Robert Redford no dejaba tan mal sabor de boca. Baz Luhrmann es tan crack que se permite enmendarle la plana Fitzgerald y a una de las consideradas mejores novelas del siglo XX. ¿Por qué no, si también se atrevió con Shakespeare? Me justa jugar y acepto el reto de ver estas obras pasadas por el filtro del autor , pero si te atreves, debes estar seguro de que vas a ofrecer algo que merezca la pena.

No me desagrado “Romeo&Juliet”, (debo ser de los pocos) y me encantó “Moulin Rouge”, son películas desinhibidas y frescas, y hay que reconocer que dio en el clavo con la banda sonora, haciendo de su elección despiadada y muy acertada una de sus señas inconfundibles de autor. Luego vino la aburrida "Australia", y ahora esta versión de “El gran Gatsby”, en donde ha querido seguir la personal formula que tan buenos resultados le diera anteriormente.

También acepto que no se ajuste exactamente al libro y que se saque escenas de la manga,  pero lo de poner a un Nick Carraway alcoholizado y orgiástico yendo a la consulta del psiquiatra a escribir sobre Gatsby, eso es simplemente basura. Precisamente el Nick Carraway del libro es abstemio, si no recuerdo mal, y parece contemplar los excesos desde la distancia, no siente el más mínimo impulso artístico, ni mucho menos literario, y no es más que el anodino contrapunto a la fastuosidad del hombre reinventado que representa Gatsby.

Hay una escena maravillosa en el libro; Gatsby, impaciente y nervioso, está esperando en casa de Nick a que llegue Daisy, pero cuando ella aparece se siente tan atemorizado que amaga con irse, aunque Nick le convence para que se quede.  Esta escena es crucial, es una escena a la asistes en el libro con la boca abierta, (aunque no haya asesinatos, ni explosiones, ni esas cosas que les gustan a los que les gustan los libros en los que “pasan cosas”), te mantiene sin aliento porque vas a asistir al reencuentro de un hombre con el amor de su vida (así mismo, aunque suene cursi), con alguien que ha hecho que incluso cambie de nombre y de identidad, y estamos dispuestos a sentir con Gatsby la vergüenza, el terror y las pulsaciones desenfrenadas de este momento.

En la película esta escena se desarrolla más o menos de un modo parecido, el problema es que la puesta en escena, el jardín, los pasteles, las flores, es tan cargante e irreal (como corresponde a Baz Luhrmann) que contribuye a darle un tono de comedia que la sobreactuación de di Caprio no hace más que acentuar, hasta el punto en que para el público esta escena se convierte en un gag de Mr Bean en el que cree que lo oportuno sea reírse. Y tal vez estén en lo cierto.

El casting es acertadísimo, (aunque nunca acabé de ver a Daisy Buchanan en Carey Mulligan pero eso es cosa mía, supongo) y aún así casi todas las actuaciones son pésimas, rayando en lo desconcertante la de Leo di Caprio, un grandísimo actor en la peor interpretación de toda su carrera. Hablando de las interpretaciones, tal vez lo mejor de la película sea Joel Edgerton, que aporta a su actuación la dura estridencia que tan bien le viene al personaje de Tom Buchanan, tanto como para comerse al resto de los actores cada vez que aparece en pantalla.

Y no, no diré nada de la “era del Jazz”, cuyo rapsoda más célebre fue Fitzgerald, ni de la banda sonora a ritmo de Beyonce o Lana del Rey, o de sustituir los picaros contoneos de las atrevidas “flappers” por la coreografía de un concurso hortera de la tele, eso ya nos lo esperábamos todos, y no es lo más sangrante.

Lo más sangrante es que, en el cine, el gran Gatsby siga siendo tan pequeño.

Quique Castro.

viernes, 24 de mayo de 2013

Religión en la escuela

¿Qué religión van a enseñar en las escuelas, la católica, la judía, la musulmana…, la cienciología? O, mejor aún, ¿van a enseñar una historia comparada de las religiones?
¿Van a enseñar en las escuelas que el mito de Adán y Eva, así como el del diluvio universal y el arca de Noe, están formados con elementos prestados de la tradición mesopotámica, mucho más antigua?, ¿que el nombre de Jesús fue elegido en el concilio de Nicea el año 325 d.C.?, ¿que los evangelios no fueron escritos por los apóstoles, sino por autores mucho más tardíos?
Si es así me parece bien que se enseñe religión en las escuelas. Así los jóvenes podrán contar con una base sólida de conocimiento que les ayude a no caer en la superstición, o a elegir la que más se adecue a sus necesidades espirituales.

Imponer el conocimiento único de la religión católica es un crimen ideológico. ¿Qué ocurriría si quisieran imponer a nuestros niños el islam, la cábala o la cienciología? La ética y la moral, que tanto echamos de menos en esta sociedad, trascienden la religión, son conceptos humanísticos, y el motivo de esta imposición no es otro que el de lavar mentes y procurarse acólitos.

Quique Castro.

viernes, 26 de abril de 2013

Gobierno de España, golpista y traidor


El Gobierno de España es golpista y traidor a la patria. Esto es lo que yo pienso y lo que piensan muchos ciudadanos, incluidos no pocos de los incautos que les votaron. María Dolores de Cospedal abrió la veda al llamar nazis a los ciudadanos desesperados que se atrevieron a manifestarse a la puerta de las casas de los políticos, como si la democracia estuviera limitada a ejercerse sólo una vez cada cuatro años. El político, por el hecho de serlo, no está por encima del ciudadano, todo lo contrario, debe ser su servidor, y está obligado por ley a soportar el escrutinio, la vigilancia y la reprobación que su cargo conlleve. Si María Dolores de Cospedal, en su legítimo derecho a manifestarse, puede llamar nazis a los que hacen escraches en la puerta de las casas de los políticos, yo, en mi legítimo derecho que también tengo a manifestarme, puedo decir que el Gobierno de España es golpista y traidor. 

Que no se atreva el Partido Popular a decir que les tienen inquina por haber sacado mayoría absoluta, que no se atrevan a decir  que cuentan con el respaldo mayoritario de los ciudadanos, que sí, que se atreverán, porque desfachatez y poca vergüenza tienen para eso y para mucho más. Pero no es cierto, y ellos lo saben. El Partido Popular es golpista y traidor y no cuenta con el respaldo mayoritario de los ciudadanos. Es golpista porque llegó al gobierno mintiendo y presentando un programa que luego no han cumplido, y porque se alzó con el poder por medios ilegítimos e inmorales, y es traidor porque con sus decisiones nos están llevando a la miseria, mientras que ellos salen del partido con cargos millonarios a sueldo de quienes nos piden esos sacrificios.


Mienten. La realidad no les obligó a cambiar su programa, la realidad la crearon ellos años antes con la ley del suelo de Rodrigo Rato, que favoreció la creación de la burbuja inmobiliaria, la realidad ya estaba ahí cuando el Gobierno de Zapatero decidió saquear el erario público para salvar a los bancos que se hundieron al participar en esta gran estafa económica mundial.


En una verdadera democracia deberían existir mecanismos para proteger a los ciudadanos de los estafadores que, como el Partido Popular, socavan, destruyen y escupen en la base de nuestra sociedad: la democracia.


Quique Castro.


miércoles, 24 de abril de 2013

Paella, sangría y tapas.


Barcelona está fagocitando la gastronomía española. Los españoles somos muy orgullosos para nuestras cosas, y en pocos asuntos lo somos más que con la gastronomía. En ningún sitio se come como en casa, solemos decir, y si le preguntamos a cualquier español  cuál es el lugar del mundo en el que mejor se come, irremediablemente todos diremos España. Bien, pues aquí va un secreto: fuera de nuestras fronteras no tienen ni la más remota idea de que en España se come bien. A veces, ni siquiera los propios chefs lo saben. Hace años trabajé en un restaurante en Londres, y me quedé asombrado cuando ni una sola de las personas que trabajaban en él sabía que el mejor marisco del mundo es el gallego. Vaya, ni siquiera sabían qué era Galicia. Tampoco saben que en España tenemos “carne o caldeiro”, migas extremeñas o fabada asturiana, pero, eso sí, en todas partes saben que tenemos  paella y sangría. Ah, y tapas. Tapas como las que se sirven en Barcelona, que no son tapas, son raciones de cuchillo y tenedor, o a lo sumo sofisticados y carísimos pinchos. En Barcelona no se sirven tapas. La tapa es pequeña y barata. Un día, en una cena, rodeado de franceses, uno de ellos me dijo: “En España hacéis muy bien lo de las tapas, pero si quieres comida de verdad tienes que venir a Francia”. No hay que enfadarse por ello. Para el resto del mundo que no es España, la gastronomía es francesa, italiana, china, japonesa o hindú, pero ni remotamente piensan en España. Es lo que hemos conseguido vendiendo paella y sangría.

Quique Castro.