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domingo, 27 de mayo de 2012

Esperanza Aguirre, el fanatismo peligroso


La crisis ha llevado a los ciudadanos de este país a un estado político depresivo según el cual somos los responsables de todo lo que ha ocurrido y nos merecemos todo lo que nos pase. Pero eso no es justo, si es que la justicia importa en un mundo en el que sólo impera la ley del consumo. Los ciudadanos no podemos dejarnos intimidar, hay que seguir protestando y hay que llamar a las cosas por su nombre. ¿Hasta cuándo vamos a seguir soportando los ciudadanos a este gobierno parafascista, intimidante, procaz e inepto?

Jorge Fernández Díaz, ministro de Interior, afirmó estar preparando una serie de cambios legales, por propia iniciativa, para que convocar manifestaciones por Internet sea considerado delito. Esperanza Aguirre se ha sumado con sus declaraciones a esta guerra declarada del PP contra la libertad de expresión.

Lope de Aguirre, interpretado por Klaus Kinsky en la película de Werner Herzog “Aguirre, o la cólera de Dios”, acaba enloquecido en una balsa a la deriva rodeado por una jauría de monos. Así exactamente veo a esta otra Aguirre, Esperanza, visionaria enloquecida de poder que quiere acallar a las masas al estilo de un reyezuelo tercermundista, siendo aplaudida por la chusma mediática más retrógada y beligerante.

Sólo hay dos opciones, que sea tan zopenca como para creerse sus declaraciones acerca de jugar la final de la Copa del Rey en campo cerrado, lo cual es harto probable, habida cuenta del sujeto con el que nos las estamos viendo, o que lo hiciera para crear una cortina de humo que ocultara de las masas el desagradable escenario económico al que la gestión de Rodrigo Rato y sus amigos han llevado a Bankia, y que supondrá una nueva merma a las arcas del Estado para reponer lo que han perdido una jauría de facinerosos sedientos de ambición.

En todo caso, la torpeza y mala fe de la presidenta no conocen límites, y con sus declaraciones pudo haber enardecido premeditadamente a una masa que no destaca precisamente por su sentido crítico, y no me refiero a los aficionados al fútbol, sino a los aficionados a la discordia y al comportamiento incívico. Si a eso añadimos la “estratégica” decisión de autorizar ese mismo día una manifestación de la ultraderecha en Madrid, podemos estar agradecidos de que no haya sucedido nada grave. Ignoro si Esperanza Aguirre estará agradecida o no, pero lo que sí sé es que ella hubiera sido en parte la culpable de cualquier desastre que hubiera ocurrido por haberlo incitado con sus declaraciones irresponsables, torpes y soberbias.

Por otro lado, peor suele ser mejor para el PP, y como buen animal político seguramente había previsto con maquiavélico cálculo que una buena gresca y las trifulcas del populacho enfebrecido jugarían a su favor, ya que le hubieran brindado de nuevo la posibilidad de identificar a los incívicos con los que simplemente protestan porque están en su derecho.

Quique Castro.

miércoles, 23 de mayo de 2012

El diablo es devoto



No pongo en tela de juicio la existencia de Dios. Yo creo, igual que podría no hacerlo. Lo que cuestiono es a la religión, a todas las religiones. Creer en Dios es un acto íntimo, la religión es una cuestión social que nos afecta a todos. Con respecto a la existencia del diablo no lo tengo tan claro, pero una buena prueba de su existencia podrían ser las religiones, y concretamente las declaraciones de sus representantes por el Orbe todo. Imagino a Satanás con la mano metida debajo de la sotana del obispo de Alcalá para regocijo de este, cual marioneta, haciendo lo que mejor sabe, sembrar discordia y odio.

Rouco-Varela tampoco decepciona, y si no atención a sus últimas declaraciones en defensa del obispo de Alcalá, en las que se muestra muy preocupado por la separación de poderes entre el Estado y la Iglesia. "Ninguna institución humana está legitimada para juzgar y, menos aún, impedir que se enseñen los contenidos de la doctrina católica (…) Cuando tal juicio e intento de conculcar la libertad religiosa procede formalmente de una institución política, se produce una triste e intolerable violación de los derechos humanos y del principio de separación Iglesia-Estado".

Es decir, que la Iglesia puede predicar su doctrina aunque sea dañina, homófoba y atente contra los derechos de las personas, pero el Estado no está legitimado para pararle los pies porque las leyes del Estado son cosa humana, y la doctrina de la Iglesia es cosa divina. Después de las declaraciones de este ministro de sí mismo, ve y dile ahora a un fanático de la ablación o a un aficionado a la poligamia con menores que debe respetar los derechos constitucionales y la legalidad vigente. Te dirá lo mismo, que las leyes humanas no han de interferir en los retorcidos gustos de su dios.

No se le ve tan preocupado a Rouco por la separación entre el Estado y la Iglesia en todo lo concerniente al concordato de 1979, según el cual la Iglesia está exenta de impuestos sobre inmuebles (Artículo IV.A), exenta de impuestos sobre la renta y el patrimonio (Artículo IV.B), exenta del pago del IVA para objetos destinados al culto (Artículo III.C)… etc. Bueno sería que este principio de separación entre el Estado y la Iglesia al que apela el vil purpurado se hiciera efectivo.

Por lo que a mí respecta la Iglesia católica no merece ningún respeto, como no lo merece ninguna otra religión, ya sea el islamismo, el judaísmo, la cienciología… Me merecen respeto sus seguidores, eso sí, en tanto que víctimas, y respeto también su libertad para asociarse y venerar todo aquello que deseen siempre y cuando no vaya en detrimento de los derechos sociales conquistados, por lo general a su pesar.

Todo lo que de bueno pueda ofrecer cualquier religión; la bondad, la caridad, el perdón… o de malo; el separatismo, la razón absoluta, la necesidad de convencer, la verdad revelada… son rasgos propios de la especie humana, sea cual sea su origen étnico. El resto son pinceladas culturales más o menos descabelladas, mitología pintoresca, simbología y representaciones. En cierta medida la religión existe por la necesidad que tenemos de explicarnos el fin último de nuestra existencia, el sentido de la vida, pero también por nuestra condición de seres gregarios. La religión es consecuencia de la naturaleza humana, no de la revelación divina.

Iniciar a un hijo en una religión para que alcance determinados valores es un absurdo. No es necesario un dios, sean cuales sean sus “especificaciones”, para decirle a un niño que no debe hacer lo que no le gustaría que le hicieran, recordarle que debe ayudar al prójimo o enseñarle a perdonar.

Mucho más seria e interesante me parece la doctrina del pastafarismo. El pastafarismo, conocido también como religión del Monstruo Espagueti Volador, surgió en los Estados Unidos como protesta por las pretensiones de los grupos ultraconservadores durante los mandatos de George W. Bush, cómo no, de igualar el creacionismo a las teorías evolutivas. Básicamente se amparaban en que no se puede demostrar que Dios no haya creado el mundo, y por ello pedían su enseñanza en las escuelas. Fue entonces cuando un tal Bobby Henderson, licenciado en física en la Universidad de Oregón, creo la religión del pastafarismo y, amparándose en los mismos argumentos, escribió una carta al Consejo de Educación del Estado de Kansas solicitando su enseñanza en las escuelas.

Según el pastafarismo el mundo ha sido creado por un amasijo de espaguetis con albóndigas, y hasta hoy nadie ha podido demostrar que esto no sea cierto.

En realidad, con o sin religiones, seguiremos sufriendo a personajes de tan baja estofa como Rouco Varela, el obispo de Alcalá, el Imán de Terrassa y tantos y tantos otros, porque no son ni más ni menos que el producto condensado de todo lo que de perverso e innoble tiene el ser humano. Las bellacas declaraciones de estos seres esperpénticos son el producto de unas mentes enfermas de miedo y de unos espíritus retrógrados y dañinos. Apelan a lo peor del ser humano, y lo hacen del modo más obsceno, esto es, amparándose en el bien y en preceptos divinos de los que sólo ellos son depositarios, cada uno del suyo, eso sí, porque curiosamente las manías de sus dioses van cambiando a medida que nos desplazamos en latitud y longitud. Apelan, como digo a lo más oscuro de nuestra naturaleza, y lo peor es que encuentran respuesta.

Y es que la maldad es un atributo muy humano