lunes, 14 de mayo de 2012

La FIFA y los errores arbitrales, (historia de un amor), por Miguel Castro


Cada vez son más los deportes que aceptan el uso de la tecnología para dirimir jugadas conflictivas y hacer más justo el desenlace de las competiciones.

Mientras el fútbol se mantiene anclado en el pasado, deportes como rugby, hockey hierba y tenis, con una profunda tradición histórica, no se resisten a la inclusión del vídeo u otros avances análogos —como el “ojo del halcón”—  para ayudar al arbitraje de los partidos.

El argumento que esgrime la FIFA  —órgano rector de fútbol mundial— para rechazar el uso del video, es que “la falibilidad humana es un elemento esencial del fútbol, formando parte del atractivo del juego propiamente dicho”, falibilidad que, sin embargo, sí se trata de minimizar en otros deportes, utilizando los medios que la tecnología pone a disposición de los mismos, sin que pueda observarse ningún efecto negativo en su aplicación.

En plena resaca de la última jornada de liga, en la que hasta cinco equipos han estado implicados en la lucha por evitar el descenso, el uso del vídeo habría cambiado de manera notoria el resultado final, ya que un gol en claro de fuera de juego de Raúl Tamudo propició la salvación del Rayo Vallecano y la condena al abismo de la segunda división del Villarreal. Está decisión trasciende el terreno deportivo y afecta a la economía de muchas empresas y familias.

En torno al 40 por ciento de los socios del “submarino amarillo” proceden de fuera de Villareal, acuden a dicho municipio de manera regular para ver fútbol de primera división y, de ese modo, proporcionan jugosos ingresos a la economía local. Las reservas hoteleras en toda la región se han visto incrementadas de manera muy significativa desde el ascenso a la élite del club de fútbol y, en parte gracias la influencia del club amarillo, la Conselleria d'Educació de la  Generalitat Valenciana, ha construido en el municipio villarrealense un centro de tecnificación deportiva que ha requerido una inversión cercana a los 23 millones de euros.

A pesar de que la FIFA es consciente de la repercusión que el fútbol tiene en todos los niveles, este organismo sigue anclado en su postura inmovilista y su amor por la ”falibilidad humana” de los árbitros. Quizás porque el arbitraje sea uno de los principales bastiones que le quedan para manipular de manera tácita la competición.

Miguel Castro.

jueves, 10 de mayo de 2012

Paisajes de Poblenou I: barbería vs estilista


¿Quién me mandaría engañar a mi peluquera con un paquistaní?
Nueve años hace que frecuento “Colomer”, barbería centenaria sita en Poblenou, y es que hay gente que va al estilista y gente como yo, que va al barbero, o barbera en este caso. “Colomer” lleva cien años en el mismo lugar, los mismos que tiene el único sillón que preside la sala, un “Triumph”, como la marca de las motos, de hierro forjado y porcelana blanca.
No me quejo del emprendedor paquistaní que se atreve a montar su negocio sin hablar una palabra de español, le sobran las agallas que nos faltan a muchos, pero mi cabellera ya está hecha a las tijeras de mi peluquera, y ella se conoce de memoria el remolino, la cicatriz y las manías, que ya van siendo.
Al acabar le digo al paquistaní que muy bien, aunque no me acabe de gustar la nuca, demasiado cuadrada, y aunque el flequillo lo remate yo mismo al llegar a casa con las tijeras del pescado.
Volveré con mi peluquera y ella no dirá nada, pero a través del espejo me lanzará una mirada que me hará sentir culpable. ¿Y qué quiere? Su tarifa es de once euros y medio, y el paquistaní me ha cobrado cinco.
Además soy reincidente. La primera vez que engañé a mi barbera fue en una peluquería que también me quedaba cerca de casa, pero de más postín, y en la que no llegué a sentirme cómodo en ningún momento. Entré con aire de culpabilidad al reclamo de las peluqueras que veía cada día al pasar por el ventanal, con esos aros como puños en las orejas y aquellas mandíbulas a punto de descoyuntarse por el chicle. Era una peluquería unisex, pero no había ni un hombre en la sala, a excepción de un peluquero gay.

Y ahí estaban la Vane y la Sonia, diligentes, profesionales, amables… incluso sonrientes. Y Lucía, y la Paqui, todas yendo y viniendo, y yo en el medio, entre una hilera de cabezas llenas de rulos y papel de aluminio que se volvieron y me miraron por encima de sus Holas, sus Prontos y sus Cuores. Desee salir y volver con mi barbera de Poblenou con sus Interviús atrasados y su Mundo Deportivo, quise escapar, salir corriendo. No es broma, no es un recurso literario, quise huir. Pero la jefa no me dejó, y antes de que me diera la vuelta para volver sobre mis talones apareció secador en mano.
-Hola.
-Hola… –digo yo-. Pues para cortarme el pelo… y eso.
-Espera..., a ver quién está –y se volvió para ver que alegre ninfa de coloridos cabellos masajearía mis sienes.
Y hete aquí que la ninfa fue…
-¡Paco!
¿Paco?, ¿cómo que Paco?, ¿qué quería decir con eso de Paco? ¡Ningún Paco masajearía mis sienes!
Paco apareció y me miró de arriba abajo sin pudor alguno.
-Dame la chaqueta.
-¿Para qué?
-¿Quieres un café?
-No.
-Ponte esto.
Yo esperaba el típico mandilón que te atan con esparadrapo al cuello. Nada de eso, ¡tenía mangas!, y se ataba al cuello con un lacito que caía por delante. Kurtz no sabía lo que era el horror.
-Siéntate aquí anda –Paco me señaló la palangana para lavar la cabeza.
-Ya me he lavado el pelo.
-Da igual –Paco era dominante.
-No, pero digo que yo que…
-¡Verooo! ¿Le lavas el pelo, por favor?
Vero, ¿cómo era Vero?, ya ni me acuerdo, pero yo le estuve agradecido todo el tiempo que duró nuestra relación, unos cinco minutos, con champú y masaje y todo ese blablabá sensual. Tengo una amiga peluquera. Un día me dijo:
-Cuando tengo que lavarle la cabeza a un chico que me gusta, me imagino que me lo estoy tirando.
Esa sí es una actitud profesional y comprometida. Yo no sé en qué estaría pensando Vero, tal vez en la hipoteca, en la noche del viernes, o tal vez en que tenía que desparasitar a su gato. Daba igual, Vero me lavó de cabeza, y luego me devolvió a Paco con la cabeza chorreante y las orejas relucientes.
-Me suena tu cara –dijo Paco.
-Ni idea.
-¿Vas al Nova Icaria? –El Nova Icaria es el gimnasio del barrio.
-Sí.
-Pues eso debe de ser. Yo es que iba al Alfa 5, pero me cambié por mi novio, que iba al Nova Icaria y mira, pues me convenció.
-Un buen gimnasio, sí, buenas máquinas.
-Y ya ves tú, porque después de pagar la matrícula me cansé de él y lo acabé dejando, oye, es que lo tenía encima todo el rato, no me dejaba ni respirar.
-Ya, es que a veces…
Y en eso interviene la peluquera que cortaba la cabeza a la señora de al lado
-¿Del Juan estás hablando ya?
-Sí hija.
-Menos mal que lo dejaste tú, que si te llega a dejar él.
-A veces lo pasa peor el que lo deja –añadió la cabeza llena de rulos que tenía a mi lado-. ¿no?
¿Dónde estaba Leo Messi?, ¿dónde estaba Mourinho?, ¿por qué nadie hablaba de ellos?, ¿y el Tour de Francia?
Y para colmo, dieciocho euros. Me quedo con mi barbera.

Quique Castro.

martes, 8 de mayo de 2012

Volar en presidio (crónica literaria de un penal en Cuba), por Ubaldo R. Olivero

Fue en Playa Manteca, una cárcel de la provincia Holguín, mi provincia. Estaba en una celda de castigo y me aburría. Un par de ideas, de esas que van pasando del gris apaisado al negro vertical, empezaron a sobrevolarme, y no me gustaba nada el modo en que iban corroiéndome, como la bruta carcoma se ensaña con la madera desarmada. El cocinero que nos repartía la comida me preguntó si tenía cigarros apuntados fuera en la guardición. Y sí, tenía cigarros apuntado fuera. “Hay un tipo ahí que cambia libros de esos que pesan una tonelada y los cambia por cigarros”. Ulloa tenía esa costumbre de magnificarlo todo. “Dile que me mande un par y que le doy dos cajas de Populares nuevecitas”. Al otro día como a las 11, la hora del almuerzo, Ulloa me trajo dos novelas. Me faltaban como dos semanas para salir de la celda de castigo. Era mi primera celda. No llevaba ni un mes en el penal y ya me vi forzado a  fajarme con tipo que se creyó coger mangos bajitos con el que acababa de llegar. El muy... Bueno, el caso es que entré en El conde de Montecristo y Edmund Dantés y yo nos hicimos amigos. Y el abad Faria. Y hasta llegué a enamorarme de Mercedes, la muchacha de Marsella (creo que era de Marsella). Confié y esperé. Y de un libro fui pasando a otro, y era feliz y ocurrió que esas ideas que al principio parecían dispuestas a convertir mi vida en algo feo, se me fueron diluyendo poco a poco hasta quedar en un recuerdo lejanísimo. Fueron ellos los que me salvaron la vida y quizás esté hoy por acá por este lado porque se lo deba todo a ellos. Luego mamá empezó a llevarme libros de autores rusos y franceses y americanos, y me sentía en una prisión pero libre, sobretodo libre de no pagar una penitencia tan alta. Más tarde salí de aquella prisión convencido de que hay una sustancial diferencia entre las cárceles de fuera y las cárceles de dentro. Las de dentro a veces resultan ser muy peligrosas, cierto, pero si a tiempo nos visita un amigo como Edmund Dantés o Raskolnikof, o el amigo Manso, entonces no todo está perdido y hay que continuar agradeciendo que el sol salga cada mañana para volver a encontrarnos con ellos. ¿Lo demás? Seguir en el río, escuchando la música de su corriente y confiar y esperar con la paciencia del hijo de Alejandro Dumas padre. ¿Esperar qué? No lo sabemos. Esperar nada, y seguir viajando con las palabras que pueden llegar a liberarnos de cualquier prisión por incómoda y terrible que sea.

Ubaldo R. Olivero.

domingo, 6 de mayo de 2012

Una historia con final feliz


Tabitha llegó del Dunking Donuts en el que trabajaba, dejó las bolsas de papel con la compra encima de la mesa y se abrió una Cocacola. Al tirar la chapa en la basura vio las hojas arrugadas y le picó la curiosidad. Cuando Steeve volvió del instituto en el que acababan de contratarle para dar clases de lengua, se encontró a su mujer cocinando y sus cuatro páginas con manchas de ceniza y salsa de carne encima de la mesa de la cocina.
-No tenías que haberte molestado, no vale mucho.
-A mí me ha gustado.
-No sé cómo seguir, me he metido en un buen berenjenal.
-¿Qué tienes en la cabeza?
-¿Te acuerdas el verano pasado, cuando trabajé de conserje en el instituto?
-Claro.
-Una tarde tuve que ir con el fontanero a limpiar los vestuarios de las chicas, fue raro-. Tabitha sonrió-. Quiero decir, es como el de los chicos, pero al mismo tiempo es totalmente diferente. No tiene los meaderos en las paredes.
-Cierto.
-Y también están esos cubos metálicos. No sabía para qué eran, así que le pregunté a Harry.
-¿Y qué te dijo Harry?
-Que eran para tirar los “tapachochos”.
-Harry es un poeta.
-Sí, el caso es que allí, en el gimnasio de las chicas, me acorde de Sondra.
Tabitha arrugó la frente.
-¿Quién es Sondra?
-Era la típica chica de la que se burlan todos en el instituto.
-¿Tú te burlabas de ella?
-No, yo no… bueno, supongo que también puse mi grano de arena.
-Y querías escribir sobre Sondra.
-No lo sé. Me imaginaba a una chica que le llega su primera menstruación, pero no sabe lo que es y cree que se está muriendo, entonces las demás chicas se ríen de ella y reacciona, contraataca. 
-¿Y qué hace?
-Dicen que muchos casos de polstergeist en realidad son debidos a la telequinesis.
-¿Eso dicen?
-Sí, y también dicen que sucede sobre todo con chicas que están en el inicio de la adolescencia.
-Deberías seguir con la historia.
-No sé, no me emociona, y la protagonista no me cae bien, es muy pasiva, ni siquiera cuando ocurren las cosas parece que sea asunto suyo.
-Bueno, ese es tu trabajo, hacer que lo sea.
-Ya…, pero qué sabré yo de niñas que tienen su primera regla. Además, creo que tendría que hacer más larga la historia para desarrollar la idea, y así no me la comprarían en ninguna revista. Tenía pensado enviarla a Playboy, ¿sabes lo que pagan en Playboy por un cuento?
-Olvídate de Playboy, Steeve, y escribe esa historia -dijo Tabitha devolviendo los papeles a su marido.
No es que el trabajo en el instituto fuera duro, era mucho peor cuando estaba en la lavandería y llegaban las sábanas del hospital de Bangor manchadas de sangre, o los manteles de los restaurantes de la costa de Maine con olor a marisco podrido y aquellos gusanos que le subían por los brazos, pero el instituto le dejaba mentalmente exhausto, vacío. Aún así acabó su historia y se la mando a Bill Thompson, un tipo que conocía que trabajaba en Doubleday. Y se olvidó del tema.
Unos meses más tarde Steve estaba en la sala de profesores corrigiendo exámenes cuando se encendió el intercomunicador y la secretaria le informó de que tenía una llamada de su mujer. En casa todavía no habían puesto teléfono, así que Tabitha tenía que estar llamando desde casa de los vecinos. Steeve rezó para que no les hubiera pasado nada a ninguno de los niños.
-¿Tabby?
-¿Steeve?
-Tabby, ¿qué pasa?
-Tanquilo, tranquilo. Ha llegado un telegrama de Doubleday.
-¿Qué dice?
-Espera… sí… dice “FELICIDADES. CARRIE YA ES OFICIALMENTE DE DOUBLEDAY. ¿QUÉ TAL 2500 DE ADELANTO? ESTO SÓLO ES EL PRINCIPIO. UN ABRAZO.

Quique Castro.
Basado en "Mientras escribo", de Steephen King.

jueves, 3 de mayo de 2012

Reflexiones de una gata, por Mary Joe Watson-Gardcher


Cómo me gusta mi manta… es un poco rollo tener que colocarla bien una y otra vez, marcando cada punto clave con mis uñas. Y es que cada vez que la pongo perfecta y a punto para hacerme una bola y quedar en coma, alguien me despierta e intenta, sin gran éxito, quitar los restos de mi blanco y suave abrigo y la fastidia. Ellos argumentan que quitan los pelos (¿¿¿qué pelos???) y la pliegan, pero sólo consiguen hacerme repetir una y otra vez la misma operación.

Menos mal que de vez en cuando se van de casa. Entonces, desde mi silla para mirar humanos que miran la tele, me quedo vigilando la manta y el rincón del sillón que me gusta. También me gusta mover de un lado al otro el bebedero y a veces en el proceso tiró el agua por fuera. Eso parece molestar un poco al humano con el que vivo, pero es cuestión de prioridades…

Y es que en mi casa hay varios humanos, mi favorito, Kaik, y el resto. Con el resto a veces hay más o menos suerte y según cuáles sean me dejan entrar en su habitación, me dejan ver la tele sobre ellos o me dan pavo…  pero Kaik no falla. Siempre me esconde las orejas y juega a que han desaparecido, me tira por los aires y me recoge, me hace la moto (hace ruido de moto conmigo sobre su pierna peinándome hacia atrás las orejas mientras pongo cara de velocidad)... Yo no lo entiendo mucho, pero él se ríe. Dice que me va a comprar otro abrigo para que me cambie de ropa, eso sí que me da mucha risa…con lo sexy que estoy con el mío. Dormimos juntos la siesta encajándome en su sobaco, resulta una unión perfecta. Además, huele muy bien, casi tanto como la bolsa del gym que tanto me gusta. Lástima que lo eche todo a lavar en seguida.

También hacemos juntos los deberes, él sentado frente a su ordenador y yo al lado, sentada en el extremo de la mesa dándole ideas, aunque creo que no se entera de ninguna. De todas formas la mayoría de las veces le ayudo desde la cama, así vigilo su manta de Spiderman aprovechando para colocarla, por supuesto. También le hago sugerencias sobre qué escribir, pero no suele utilizar lo que le digo; supongo que mis temas de interés (siestas y mantas, tumbarme en la mesa al sol, salir al balcón, comer pollo o pavo, colarme en las habitaciones…) no son sus musas de inspiración.  

Por eso hoy he aprovechado para escribir directamente en su blog, creo que últimamente ha buscado colaboradores. Seguro que no se atrevía a pedírmelo… No sé cuánto tardará en leer este post, últimamente está más ocupado de lo habitual buscando compañero de piso, y no es por nada, pero  debo decir que le ayudo; recibo a cada visita en las escaleras, lo saludo, le voy guiando y mostrando cada habitación… Aunque no todos lo agradecen igual, el protocolo humano por lo general no incluye hablar con los gatos.

Debo terminar, se acerca la próxima visita y tendré que colocar las mantas y el bebedero correctamente para dar buena impresión. Igual otro día me animo y escribo otro post sobre nanotecnología, la escolástica medieval, o las últimas versiones del musical “Cats”. Hasta entonces saludos desde mi manta.

Mary Joe Watson-Gardcher.

martes, 1 de mayo de 2012

Deconstruyendo a Enrique Valmont, por Rafael Real, conde de Montecristo



Convertida la apostasía en la única desembocadura coherente a nuestro reguero vital, comprobado que el fraude soborna el modus vivendi de la cada vez más egregia caterva de veleidosos papanatas, juicioso el Viernes, propone unos clásicos, una considerable pero nunca desatinada cantidad de marisco, un iracundo golpe de martillo a la péndola y un exorcismo en forma de burofax mediada la hora de las sombras, porque para ser feliz, ya ven, a uno no le hace falta demasiado, sin hacerle ascos a aquel camión, no se vayan a figurar que amén de con un bolchevique, intiman con un gilipollas, nada más alejado de la realidad. Como bien señala en cada peregrinación el irreemplazable Agente Rouco, a todas luces imbuido por la praxis zen del singular Páter Menocal, es más rico el que menos precisa, no el que más atesora, aunque haciendo una frívola disección del alma, de lo divino en lo humano apenas encontramos muecas pendientes de filiación, tal vez algún lavado de cara de más de un cabrón mogrollo que apadrina niños a costa de los chicotes que me gorronea, y es que la cosa está fea créanme, los hippies nos invaden por un lado y por otro, los temibles reaccionarios, nos encontramos atrapados entre los muros de la hipocresía, no nos queda papel y el despertador ya ha sonado hace un rato, preguntándonos con indignación sobre el inexplicable motivo de continuar tendidos en el petate...

Por lo tanto, rematados los innecesarios preliminares, tomemos un respiro guardando la pólvora a buen recaudo, en este bendito país al Norte de la Madrileñísima, la humedad cala los huesos y malbarata lo endeble, barroco e intensamente ampuloso, pese a que de entre los delirios de este fósil rebrote de vez en cuando alguna tormentosa recapitulación, que bien actuaría reposando entre los restos de la mugre, entreverada entre los residuos, porque de tal naturaleza es su repulsiva esencia y su tendencia natural, el eterno retorno a origen, vil, corrupto, ignominioso y viciado. Pero dejemos de lado la poética y abandonémonos sin profilaxis ni matices a la fiera honestidad, reconozcamos que ciertas horas son para encontrarse a solas catando Four Roses, excelente alternativa al precio del Jack y desde luego a la recua de pérfidos ególatras viscosos que solo ansían nuestra compañía en un fútil intento de esquivar el abandono, alejados del anhelo de nuestra flema, indulgencia  y no menos controvertida sabiduría. Asumamos pues, que cierta parte de uno anhela la monotonía, las rigurosas pautas reveladoras del tamaño de nuestro enemigo y la intensidad de nuestro esfuerzo, bien sabido es que la Gran Aventura vació todas nuestras energías aquella noche en la que le dimos el dernier au revoir al occiso de la sandez en el túmulo de las causas prohibidas, donde se ulceran los huesos de Milady de Winter y marchitan las únicas flores de galantería, las de su ensalzado sepelio. Seamos rectos propongo, desnudemos nuestra alma acatando que mantenemos ciertas dudas acerca de la imagen que nos devuelve el espejo, la de ese desconocido que nos recuerda vagamente a uno mismo en otra época, mucho más tierno y enérgico, pero tan airado como siempre, al fin y al cabo nos hace recordar al lobo que algunos cobijamos, felizmente a buen recaudo, o al menos eso quiero creer, y una vez hallada la conciliación, reflexionemos sobre lo sólido, lo efectivamente trascendente y relevante, ajenos a intolerables referencias del pasado, crueles castigos innecesarios sobre los que no debemos realizar mención, ni pintadas ofensivas en las letrinas de las terminales tabernas aniquiladas por la maldita crisis y la Ley Antitabaco o tal vez, por las depravadas maquinaciones de esos facinerosos conspiradores a los que por el momento, no he logrado adjudicarles rostro, aunque sí consigo identificar con suma expedición., que sí, son los que piensan, por eso parece sensato mirar hacia las estrellas y contemplar deslumbrados el reflejo conjeturado por el cristal, un tipo penetrante al que hemos aprendido a consentir, con sus desperfectos, virtudes y excesos de vehemencia, porque ¡hossana!, ha llegado la hora de concienciarse de que el cine es un imprescindible arte derivado de la mentira, una dama que trata de persuadirnos de que soñar nada cuesta, reservándose para sí que el realismo arroja que de perseverar anegados en la fantasía más de un instante, nos expone a ser gobernados por la demencia, aquella que nos priva de la lucidez prematuramente, y sin embargo, redentora de aprensiones y vínculos, acaudillándonos con firmeza hacia la apasionante libertad como individuos,  first we take Manhattan, then we take Berlin (*), queridísimo Valmont, sigamos ciñéndonos a la impertinencia...

Rafael Real, conde de Montecristo.
Blog: Nuestra casa, la Tasca: http://ciudadanotasca.blogspot.com.es/

domingo, 29 de abril de 2012

¿El tamaño importa?, por Marc Casado


Vamos  a dejar clara una cosa, un fotógrafo  profesional  no es un actor porno, no vamos a impresionar a nadie acoplando en la cámara una óptica más o menos larga. Esa función es para los fantasmas no profesionales. Esos que para fotografiar a su hija de 5 años lo hacen a 30 metros de distancia para probar el 500 mm catadióptrico f/8 que se compraron la semana pasada en “yo no soy tonto”. -Tonto no, imbécil sí. Con un 85 te basta. Básicamente porque aunque te acerques a tu hija no te va a morder ni asesinar con un cuchillo.
Las ópticas se utilizan en función del trabajo que vamos a realizar, es lógico que un reportero gráfico de deportes lleve una óptica de largo alcance, ya que si va por ejemplo al Camp Nou a fotografiar un partido del Barça no puede acercarse a Messi con un 20 mm cuando va a marcar gol. Le daría una patada en toda la cabeza que le metería la cámara hasta el estómago.
Uno de los fotógrafos más versátiles y que más tipos de ópticas diferentes utiliza es el fotoperiodista, son personas muy involucradas en el tema que desarrollan siempre en primera línea y muy observadores (podéis leer también el artículo “UN CAMALEÓN CON CÁMARA”), algo que implica proximidad, por eso utilizan mucho distancias focales cortas ente el 20 y el 85 mm. La óptica preferida de Cartier Bresson era el 35 mm por ejemplo. La mía es el 20 mm. Se utiliza también mucho el 28 mm, etc, etc… Son ópticas que permiten explicar muy bien lo que está ocurriendo, por su profundidad de campo y por su amplio campo de visión. De todas formas las distancias focales largas son también imprescindibles para un fotoperiodista. Se utilizan bien para fotografiar detalles descriptivos o cuando es imposible acercarse a la escena. Un corresponsal de guerra necesita más que nadie este tipo de ópticas en la mayoría de casos por un tema de seguridad. Puedes acercarte a la mayoría de situaciones que ves, pero no te acerques a un tiroteo. Los héroes viven en los cómics. ( considero que  este es uno de los trabajos más admirables de la fotografía). Aquí un ejemplo: “Robert Kapa”.
Los fotógrafos de naturaleza también utilizan diferentes tipos de ópticas, los macro son muy comunes entre ellos y también las distancias focales largas.
Lo cierto es que la fotografía es muy amplia, no os dejéis llevar por el consumismo puro y duro, comprad el equipo que realmente se adapte a  vosotros/as y paso a paso ya lo iréis ampliando.
Un saludo. 

Marc Casado.
Blog de Marc Casado:  http://marccasado.blogspot.com.es/