martes, 1 de abril de 2014

Incautos, burlados ciudadanos.

A pesar de las redes sociales, o tal vez por su causa, no es difícil engañarnos, y este Gobierno lo ha vuelto a demostrar. Al día siguiente de las marchas, ciudadanos y medios entramos a embestir una cortina de humo que no por gastada ha dejado de ser efectiva: la violencia en la calle. Como consecuencia, lo último de lo que se habló fue de la dignidad.

Todos los medios, salvo alguna excepción, no hacían más que reproducir las más violentas escenas, y el usuario de las redes sociales, timado y burlado, les daba carácter viral. Como decía aquel, es mucho más fácil manipular que demostrarle a alguien que ha sido manipulado.

La voz del pueblo fue silenciada por la violencia de unos cuantos descerebrados que insultaron con su presencia una causa digna, y también por un Gobierno que ordenó a la Policía que cargara en la Plaza de Colón, reventando una manifestación en la que lo más violento que se había hecho hasta el momento era cantar el “Va pensiero”, de Verdi.

Se llegó a filtrar la noticia falsa de un policía en coma, y se colgaron fotos de armas que ya habían sido colgadas en manifestaciones anteriores; se han vuelto descuidados, porque saben que tragamos con todo. Sin embargo los documentos gráficos son numerosos: hemos visto policías que caían como moscas ante una turba demenciada que ojalá nunca hubiera estado allí, pero también hemos visto antidisturbios golpeando a madres con sus hijos y vapuleando a periodistas cuyas únicas "armas" eran sus cámaras y sus micrófonos, y cuya única intención era informar.

Este es el Gobierno que ejerce la violencia social, que anula las ayudas a la dependencia, que criminaliza a los emigrantes, que impone leyes franquistas para el aborto. Este es el Gobierno para el que los pobres sólo son “estadísticas”, y para el que la prima de riesgo es su única realidad, y este es también el Gobierno al que sucesos como los ocurridos le vienen bien para que así, al día siguiente, no se hable de los ciudadanos que fueron a reclamar su dignidad, sino de una violencia... ¿buscada?

Quique Castro.

jueves, 20 de marzo de 2014

"Entre todos": Artur Mas, el Periódico y 10 ciudadanos.

El pasado día 19 de marzo, invitado por el Periódico de Cataluña, tuve el honor de participar en un encuentro entre el president de la Generalitat, Artur Mas, y diez lectores de este diario, entre los cuales me contaba. Disfruté, pero me quedé a medias. Me quedé, sobre todo, con ganas de preguntarle a qué se refiere cuando habla de esa libertad que dice coartada por el “estado español”. Porque la palabra “libertad” es muy grande, tanto que, dicho así, es como no decir nada.


Entiendo que se hable de la libertad de expresión como un derecho fundamental que sirve para que los ciudadanos puedan manifestarse sin que la policía les reviente los lomos y las espinillas a golpes.

Entiendo que se hable de la libertad para informarse e informar, con una TV3 de la que el mismísimo “The Wall Street Journal” califica su “excesivo sesgo separatista”, o sobre la que el CAC (Consell de l’audiovisual de Catalunya) ha publicado un informe que delata la “excesiva politización de la televisión y la radio pública catalana”.

Entiendo que se hable del derecho a una sanidad para todos cuando en un hospital de Calella los enfermos tenían que llevarse las mantas de casa, mientras que en sus libros de cuentas figuraban 6 millones de euros en gastos varios sin especificar y, lo que es peor, sin querer ser especificados, o cuando las hábiles negociaciones del señor Ramón Bagó, impulsor del consorcio hospitalario de Cataluña, pero también uno de sus máximos proveedores, le servían para contratarse a sí mismo por valor también de varios millones. Con respecto a esto último, se realizó la correspondiente investigación parlamentaria, se defendió el president, duró tres meses y por ella pasaron decenas de testigos, y la conclusión fue que no había escándalo alguno, aunque muchos desearan que lo hubiera. Tal vez, señor Mas, si su partido y el PSC no hubieran vetado la participación de ochenta ex altos cargos de la sanidad catalana, he dicho ochenta, el resultado no hubiera sido el mismo.

También entendería que se hablara de libertad en el contexto del trabajo como uno de los derechos fundamentales, pero resulta que si echamos un vistazo a la EPA (Encuesta de Población Activa), la tasa de paro no hace más que subir desde el año 2007 (6,63%), hasta el escalofriante año 2012 (23,94%), y cuando por fin baja en el 2013 (22,26%), resulta que nos enteramos que la temporalidad ha subido un 18% y la parcialidad un 12%. ¿Es este el modelo que queremos? Algunos sí, y otros, simplemente, le siguen al olor de la zanahoria de la independencia, ah, y de la libertad.

O, tal vez, cuando habla de esa libertad se refiere a la educación, ¿qué otro instrumento mejor para dotar a la ciudadanía de los instrumentos necesarios para formar parte activa de la realidad democrática? Y sin embargo tengo mis dudas, teniendo en cuenta que los “necesarios recortes” que, según nos cuenta, no han ido en detrimento del servicio al ciudadano, tuvieron como resultas que el curso 2012 empezara con 3.000 maestros menos y 30.000 alumnos más. Pero no pasa nada, nos dice el president, la tasa de abandono escolar ha bajado. Y es que otra cosa no, pero Artur Mas es un orador elocuente, elocuente e infatigable, y uno le escucha hipnotizado, y asiente, y, de repente, recuerda que no, que en el año 2013 todas las comunidades autónomas experimentaron una reducción del abandono escolar, todas menos una, Cataluña, que pasó de un 24% de abandono a un 24,4%.

Al final mi pregunta fue dirigida a saber qué pensaba sobre una posible declaración unilateral de independencia, y no puedo estar más contento porque su respuesta dio el titular del domingo y causó un gran revuelo político y mediático. Pero me quedé sin saber a qué se refiere el president cuando habla de libertad. No dudo que, con su flamante oratoria, me lo hubiera explicado debidamente, y dudo menos aún de que, dijera lo que dijese, muchos habrían asentido.

Quique Castro.

viernes, 27 de diciembre de 2013

No les toques la cantera.

Parece ser que existe cierta desigualdad entre los equipos de fútbol españoles que preocupa a algunos aficionados, sobre todo a los hinchas de los equipos más modestos y con menos presupuesto. Algunos de estos aficionados se llevan las manos a la cabeza ante las ventajas fiscales de que gozan algunos clubes, y con razón, y se saben al dedillo los tejemanejes jurídicos en que andan metidos unos y otros para solventar sus deudas.

Todo esto aumenta la brecha que existe entre los grandes y los pequeños, aseguran, con lo que los grandes son cada vez más grandes y los pequeños lo son cada vez más. Esto no puede ser, ¡es injusto!, claman indignados, convencidos de que estas prácticas van en perjuicio del fútbol en general.

A estos equipos grandes se les permite endeudarse sin límite (tanto es así que desde Bruselas han llamado la atención sobre el asunto), de modo que, si quieren un buen jugador salido de la cantera de un club pequeño, no tienen más que poner un cheque encima de la mesa, y llevárselo, mientras que los clubes más humildes están tan ahogados que han de vender a precio de saldo la joya que ha salido de sus yermos campos de grava.

¿Esto está bien? ¡Claro que no!, te responderán. Haría falta un sistema más equitativo, un reparto más justo. Sin embargo si les preguntas a los equipos grandes te dirán que así son las reglas del juego, que ellos no hacen nada ilegal, y es más, te dirán que para ellos el mundo del fútbol no sale perdiendo, porque el mundo del fútbol son ellos.

La verdad es que a mí el fútbol no me importa demasiado, me gusta verlo, me alegra que gane el Depor y sigo las grandes citas, a ser posible con mis amigos y tomando unas cervezas, pero sólo quería poner este ejemplo para hablar de las desigualdades a que da origen el sistema económico en que estamos inmersos.

Conozco gente a la que le encanta el fútbol, que reconoce los problemas a los que aludía anteriormente y que además es consciente de las injusticias sociales del sistema, en nuestro propio país desde hace unos pocos años, y en el mundo entero desde hace muchos más.

Pero también conozco otro tipo de gente a la que este sistema capitalista le parece el más justo, y que afirma que el dinero se regula solo, y que considera un gaje de la oferta y la demanda que un país rico compre café casi regalado, o que tenga un superávit de trigo tan grande que pueda venderlo por debajo del precio de producción de otros países pobres, con lo que acaban con el comercio de este país, y además con su modo de subsistencia. Porque el problema es cuando te toca vivir en un país de segunda división, o de tercera, entonces tal vez el sistema no te parece el más justo, y empiezas a ver que los ricos son cada vez más ricos, y los pobres cada vez lo son más, y exclamas indignado ¡es injusto!

Pero ellos te dirán que así son las reglas del juego, que esos países no hacen nada ilegal, y que además el mundo no sale perdiendo, porque el mundo “es” esos países, tanto es así, que te los pondrán como ejemplos de convivencia y democracia donde no les importaría vivir.


Pero eso sí, no les toques la cantera.

Quique Castro.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Un cigarrillo después del trabajo (cuento de Navidad).

El trineo estaba detrás de unos matorrales, junto a la carretera. Los dos hombres se acercaron despacio y se quedaron mirando estupefactos. El reno les miró con indiferencia, apuntándoles con su extraña nariz roja, y volvió a husmear la hierba como si no los encontrara nada interesantes.
-¿Qué es esto? -dijo uno de ellos, el que llevaba un gorro con las orejeras anudadas en la barbilla
-Un trineo -dijo el de la barba y el pelo largos.
-Ya veo que es un trineo, ¿pero has visto el tamaño que tiene?, ¿y qué coño hace aquí, si ni siquiera hay nieve?
-No lo sé, ¿qué lleva detrás?
El de barba se rio.
-Parece el trineo de Papa Noel -dijo.
-Bueno, vamos a ver qué lleva dentro.
La parte de atrás del trineo estaba cubierta por una lona sujeta a la estructura por cuerdas anudadas. Los hombres se acercaron y trataron de deshacer los nudos, pero no podían.
-¿Tenéis un pitillo? -dijo una voz. Los dos se volvieron con un sobresalto, pero no vieron a nadie. El reno de la nariz roja les estaba mirando.
-¡Quién está ahí! -dijo uno de los dos hombres.
El reno les miraba fijamente.
-He dicho que si tenéis un pitillo -repitió.
El hombre de barba pegó un salto atrás, chocó con la lona y resbaló hasta caer de culo en el suelo, el del gorro se quedó mirando al reno con aire desconfiado.
-¡Un buen truco! -gritó- ¡Y ahora sal de donde estés para que podamos verte!
El reno resopló con cansancio.
-Oye tío -dijo-, sólo quiero saber si tenéis un pitillo, eso es todo.
-¡Joder, el reno habla! -dijo el de barba mientras se levantaba del suelo.
-Sí, un reno que habla -se rio el del gorro-, seguro. Vamos a ver qué lleva nuestro amigo gracioso, ya verás cómo sale de dónde quiera que esté.
-Sí, vamos a ver qué lleva -dijo el otro.
Los dos tiraron con fuerza de las cuerdas, sin embargo los lazos no cedían, y así estuvieron durante un buen rato, hasta que el del gorro se quedó quieto, como petrificado.
-¿Qué pasa, por qué no me ayudas? -dijo su compañero, pero antes de que este pudiera contestarle escucharon aquella voz detrás de ellos, una voz áspera y correosa, muy diferente a la que habían escuchado antes.
-Está bien, hijos de puta, ahora daros la vuelta muy despacio. -Los dos hombres se volvieron.
Delante de ellos, apuntándoles con una recortada, estaba aquel hombre viejo y gordo, vestido con un anorak de color rojo que le llegaba hasta los pies, sucio y con agujeros a través de los cuales salían algunas plumas. Tenía una espesa barba blanca que relucía bajo la luna, y debajo de su gastado gorro asomaban unas hebras de pelo blanco y unas espesas cejas grises bajo las cuales alumbraban dos ojillos oscuros y vivos.
-Oye tío, sólo... sólo queríamos saber qué llevabas ahí -dijo el del gorro, con  voz temblorosa.
-¿Así que queréis saber qué es lo que llevo en mi trineo, eh?
-Sí -dijo el de barbas-, es lo único que queríamos saber.
-¿Cómo te llamas? -dijo el viejo.
-¿Que cómo me...?
-¡He dicho que cómo te llamas, hijoputa, y no voy a repetir la pregunta! -La escopeta se acercó más a la nariz del hombre, que no se atrevía ni a sorberse los mocos que le resbalaban por la comisura de la boca.
-Ignacio...
-Ignacio qué más.
-Ignaciocifuentesgarcia -dijo, muerto de miedo. Aunque hubiera querido no hubiera podido oponerse a la voluntad del viejo que le apuntaba.
-¿Y tú? -le preguntó al de barbas.
-Federico... Federico López... Bermejo.
El viejo retiró la escopeta de la nariz de Ignacio y se quedó un rato pensativo, unos instantes que para los dos hombres fueron eternos.
-Así que Ignacio y Federico –dijo, y sonrió como si cayera en la cuenta de algo.
-S... sí.
-¿Y queréis saber qué llevo en mi trineo?
-Sí, pero nos da igual, de verdad -dijo el de barbas-. No queríamos molestarte tío. Nos vamos y ya está, no nos volverás a ver.
-Pues empezad a correr ya. -El viejo bajó la escopeta-. Y no os detengáis hasta que lleguéis a vuestras casas.
Los dos hombres echaron a caminar por dónde habían venido, pero el viejo les llamo de nuevo.
-¡Ignacio! ¡Federico!
Los dos se dieron la vuelta, muy despacio.
-¿Queréis saber qué llevo en mi trineo?
-No... yo no... por favor... -gimotearon.
-Os lo diré. Lo que llevo... para vosotros... ¡es carbón!
Los dos hombres estaban a punto de echarse a llorar, pero el viejo se echó a reír sin poder contenerse. Era una risa extraña, una risa casi inhumana, pero familiar al mismo tiempo. Sonaba algo así como "Ho Ho Ho".
-Largo de aquí, gilipollas -dijo.
Cuando por fin se quedó solo, el viejo gordo revisó las cuerdas de su carga, dejó la escopeta en el asiento y se subió al trineo. El reno de la nariz roja se volvió hacia él y le preguntó:
-¿Te has acordado de mi tabaco?
El viejo se metió la mano dentro del anorak y sacó un paquete de Ducados, lo abrió, se puso uno en la boca, aspiró una calada y luego se lo puso al reno en la boca. El reno aspiró hasta consumir casi  la mitad del cigarrillo y luego se lo comió.

-Joder -dijo-, no hay nada como un cigarrillo después del trabajo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cocina Liberal: Cómo cerrar un canal de televisión.

Hola amigos, bienvenidos a un programa más de... "Cocina Liberal". En el programa de hoy, os enseñaremos a preparar un cierre de un canal de tv en unos sencillos pasos.

Ingredientes:

1.- Canal de tv público.
2.- Gobierno liberal-pepero.
3.- Mucha desvergüenza (si no tenéis no os preocupéis, ya suele venir incluida en el gobierno pepero).

Preparación:

1.- Manipular con amor las noticias.
2.- Ocultar toda esa incómoda información que, reconozcámoslo, amigos, a la ciudadanía no le conviene conocer.
3.- Esperar con paciencia a que, poco a poco, a nadie le interese ese canal.
4.- Cuando pierda audiencia, a continuación se perderán anunciantes.
5.- Cuando se pierdan anunciantes, dejará de entrar el dinero.
6.- Este es un paso muy importante, amigos, ahora ya podéis anunciar que la televisión pública da pérdidas.
7.- ¡Por fin lo habéis conseguido, ya podéis cerrar el canal!
8.- Ahora los canales privados de vuestros amigos ya no tienen competencia, ¿por qué no aprovecháis y pedís un cargo directivo?

Un último consejo, amigos, aprovechad la experiencia que os ha dado vuestra espectacular gestión. No seáis tímidos y no os preocupéis, por extraño que parezca, a muchos de esos peculiares seres que votan les parecerá bien, o ni siquiera sabrán qué ha pasado. Hasta el próximo programa de... "Cocina Liberal".

Quique Castro.

martes, 5 de noviembre de 2013

Viaje en el vagón de la locura

Subo por las escaleras automáticas de la parada de Clot para hacer transbordo con la línea roja. Delante de mí va ese tipo de barba de unos cincuenta años con su bicicleta, que lleva apoyada en el escalón superior. 

Ya le he visto más veces y puedo deciros una cosa, está zumbado. Pero eso no es un problema, todos estamos un poco mal de la olla, todos, incluso tú, sólo que tus paranoias y tus chorradas a ti te parecen normales. Así que, como os iba diciendo, no pasa nada. Al menos por el momento…

Hasta que pasa corriendo por su lado un chaval que casi lo tira. El chaval sigue de largo, como no, así que el barbas se agarra con una mano a la barandilla y con la otra sujeta la bicicleta a duras penas. Por fin el barbas logra recomponerse, y afirma la bicicleta en las escaleras mecánicas sin que se le caiga. Da igual, la caja de los truenos ya se ha destapado.

Nuestro amigo, de ojos vidriosos y mirada bovina y algo adormilada, algo narcotizada, ha despertado o, más bien, algo se ha despertado dentro de él. Empieza mascullando, pero para cuando hemos llegado a la plataforma y yo ya me he apoyado en la pared para esperar a que venga el metro mientras leo, ya está berreando a pleno pulmón.

Primero me hace partícipe de su indignación, pero sin argumentar demasiado, “no puede ser, esto no puede ser”, repite una y otra vez. Yo no le hago ningún caso. Luego pasa a insultar al chaval “¡Gilipollas!”, grita, “¡Gilipollas”!, y después pasa a combinar su indignación con el insulto “¡Esto no puede ser, gilipollas!”, siempre mirándome a mí. Y es entonces cuando algo en su cerebro hace click. Así es, para nuestro amigo de barbas, yo acabo de convertirme en el chaval que pasó corriendo por su lado y casi tira la bicicleta.

“¡Esto no puede ser, gilipollas! ¡Gilipollas!

La opción 1 es la mejor. Echar a caminar por la plataforma y alejarme progresivamente para que otro se convierta en el objeto de su furia. Yo opto por la opción 2: echo un vistazo al reloj del metro, 2:14 segundos para que llegue el tren, abro mi libro por su marca y me pongo a leer. Por el rabillo del ojo veo como la gente pasa y mira sucesivamente al barbas que me grita, y luego a mí, lo que quiere decir que, como bien habréis imaginado, no estoy demasiado metido en la lectura.

Pero el metro acaba llegando, como todo en esta vida, una buena oportunidad para escabullirme entre la multitud y alejarme un par de vagones de mi amigo. Sin embargo, como muchos de vosotros sabréis, soy un hombre de férreas costumbres, de costumbres… dictatoriales, podríamos decir en algunos casos. Diez años entrando por la misma puerta del vagón no van a concluir simplemente porque una persona enajenada te insulte en público, a que no.

Imaginad que subís a un vagón, y os encontráis a un señor de barbas (que a simple vista no tiene nada de particular), gritándole a un bellísimo joven que os recuerda ligeramente a esas estatuas griegas, modelos de perfección física (ese soy yo). La gente alucina, miran a mi amigo, me miran a mí, reconozco algunas miradas de comprensión y, aún no sé por qué, de repente me entra la risa.

Pues sí, serán los nervios, no lo sé, pero lo cierto es que en el fondo me parece una situación graciosa, y apenas me aguanto (lo cual quiere decir que yo tampoco ando muy fino), con lo que el señor se indigna aún más y grita y grita frente a mí mientras yo sigo apoyado en la barra del vagón y paso una hoja, como si estuviera leyendo.

Dos paradas, dos, escuchando impertérrito a mi pobre compañero de viaje, confuso, enfadado y, me temo, algo desorientado. Respiro con alivio cuando llega mi parada de Marina. Y cuando creía que mi viaje en metro a través de la locura había concluido, aún quedaba por llegar lo mejor.

Marina es una parada moderadamente concurrida, y junto a mi han bajado, no sé, pongamos unas quince personas. Otra vez hay que subir unas escaleras mecánicas, pero estas son mucho más estrechas, con lo que, si una persona se queda quieta en su escalón, las otras no pueden seguir subiendo, o lo hacen con dificultad.

Cansado y algo harto subo las escaleras, pero delante de mí hay una señora que me impide pasar. Las escaleras son estrechas, como he dicho, pero no impiden que uno pueda pasar si el otro se arrima un poco, tal y como suele suceder.

“Disculpe”, le digo, con ganas de ver al fin la luz del sol.

“¡Ni disculpe ni nada!”, me grita, “¡Si quieres correr vete por las otras!”.

Así, tal cual, gritando. Gritando. A tope.

Y ahí sí que, lo reconozco, no aguanté más. No le dije nada a la señora, pero hice caso omiso de su negativa y traté de sortearla, y en cuanto notó la presión de mi cuerpo, empezó a empujarme para que no pasara. Era una señora redonda y compacta, pero yo empujé más y acabé pasando.

“¡Mi pierna!”, gritó la señora, que unos segundos antes se afirmaba en su escalón como un huno con su bigote dispuesta a no ceder terreno.

Claro, yo miré para atrás para ver qué le pasaba. Y a la señora no le pasaba nada, pero detrás de ella subían en fila las quince personas que en el vagón habían presenciado como un pobre hombre me increpaba hasta la extenuación por algo que yo, en su universo particular, le había hecho. Todos me dirigían miradas desaprobatorias, alarmadas.
Supongo que pensaban que estoy loco.

Quique Castro.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Jo vull ser lliure

Te encuentras con amigos que cuelgan su estelada con la hermosa frase "jo vull ser lliure", que quiere decir "quiero ser libre". Y es una frase bonita, de verdad. Ellos, mi amigos catalanes (no es ironía, son mis amigos) pueden rezar al dios que prefieran, votar a sus políticos corruptos favoritos, casarse entre ellos o ellas, pero ya ves, no se consideran libres... es lo que tiene pagar impuestos. Que no mola.

Aunque pague lo mismo el Oriol de Cataluña que la María de Navarra que el Antón de Galicia, porque en España no pagas más o menos por ser ser catalán o gallego, sino por ser más rico o más pobre.
Pero que va, no mola pagar mucho y recibir poco, porque, ¿sabes qué?, que en Europa, Cataluña sería una potencia, una de las economías mas ricas, Cataluña sería lo más...
Bueno, aquí viene la mala noticia, y es que, en Europa, Cataluña pagaría lo mismo, sólo que en vez de pagar lo de Andalucía, Extremadura o Galicia, pagaría lo de Rumanía o Bulgaria.
Ah no, que tampoco mola eso. Ya...

Sé que a mis amigos catalanes les gustan mucho las banderas, lo sé porque las cuelgan por todas partes. Es lo que tiene ser un patriota, es lo que tiene querer ser libre, como vosotros, que se acaban colgando banderas.

Yo soy más de personas, me da igual un negro que un blanco que un celta con su gaita o que un madrileño con su... no sé, con sus callos a la madrileña, me da lo mismo la rojigüalda que la doble malta, todos somos más o menos igual de tontos y todos nos creemos más listos. Yo prefiero pelear para que los ricos no se lleven crudo lo que trabajan los pobres, para que los grandes lobbies no impongan leyes para no pagar e irse de rositas.

Espero que un día seáis libres, de verdad, como queréis, "jo vull ser lliure", oye, aunque olvidéis que llevamos 600 años juntos...  Pero que no sea porque os inventan causas, o porque olvidáis la solidaridad, que no sea porque en crisis todos queremos salvar nuestro pellejo, o porque el último político con ganas de recortar derechos y de pasar a la historia os ha llevado al huerto.

Jo vull ser lliure... també, y si os sentís oprimidos, que no sea por España, oye, que no sea por Picasso el malagueño, por Buñuel el de Aragón, Valle-Inclán el gallego o Garcia Lorca, el de Granada, que no pasa nada, que si queréis no tenemos una cultura en común, y a lo mejor ni siquiera echáis la siesta, ni jugáis al futbolín (un invento gallego, por cierto).

Y eso, que seáis muy libres, que no os agobie la hipoteca, ni el trabajo, ni el coche, ni el hijo, ni el perro, ni todas esas cosas que, lo siento, seguirán estando cuando no esté España. Y ya, por fin, seáis libres.

Quique Castro.