lunes, 8 de febrero de 2016

Televenta: los depredadores telefónicos

El habitat natural de los vendedores telefónicos es una jungla a la que hay que saber adaptarse para sobrevivir, una intrincada selva de palabra oportunas y silencios traicioneros en la que unas pocas frases hechas sirven de senderos por los que transitar, y en los que un pequeño detalle puede significar la diferencia entre el éxito o el fracaso, entre comer o ser devorado. En esta selva habitan no pocos depredadores, cada uno con sus técnicas particulares que trataremos de desgranar a continuación.


La serpiente

La serpiente es una cazadora nata, es taimada y peligrosa, y envuelve a sus presas poco a poco y sin que se den cuenta en un abrazo tan letal como alevoso. Así es el el teleoperador-serpiente, simpático, cercano y afable, saca información del cliente sin que este se de cuenta y la usa para engatusarle. Si el cliente es de tal sitio, el teleoperador ofidio veraneará allí cada verano, si el cliente tiene un hijo, la serpiente tendrá dos, si se trata de un divorcio, ella se acabará de separar. Pero no debe confundirse esta estrategia de caza con el vil peloteo. La pitón de los vendedores es elegante y precisa y nunca pierde de vista su verdadero objetivo, que no es caerle bien al cliente, sino vender. Se trata, tal vez, de la reina de los depredadores telefónicos.


El dragón de Komodo

Fuerte, feroz, persistente, insaciable, dotado de unas garras terribles y unos dientes afilados que lo convierten en la pesadilla de sus presas, no importa el tamaño que estas tengan, así es el dragón de Komodo. Cuando hinca los colmillos en su presa, esta puede darse por perdida, ya que las bacterias que segrega su saliva la acabarán envenenando. El veneno va debilitando a la víctima, que además sufre el hostigamiento infatigable de este fabuloso depredador. Así es el teleoperador-dragón, una vez que el cliente descuelga el teléfono y le deja hablar, ya no hay vuelta atrás, el dragón le acosará sin descanso, rebatirá incesantemente, acabará con su paciencia y nunca aceptará un no por respuesta. El dragón es un reptil carente de empatía con un solo propósito: la venta. El cliente acabará ofuscado, debilitado, desesperado y pronto se dará cuenta de que sólo tiene dos opciones: colgar o comprar.


El camaleón

Pasa desapercibido, se adapta a las circunstancias, su aspecto es afable y a veces puede parecer despistado, pero cuando detecta a su presa es rápido y preciso. El teleoperador camaleón puede ser todos y cada uno de los vendedores depredadores: puede ser cordial y seductor como la serpiente, infatigable y pendenciero como el dragón de Komodo, pero también puede ser dócil como el perro. El camaleón puede atacar con la altivez de un ejecutivo agresivo o con la afable cordialidad de un humilde empleado, escucha atentamente a todos sus compañeros, anota las frases que le gustan de unos y otros y las usa según las circunstancias. Su punto débil es la desidia. Cuando el teleoperador común está cansado, puede entrar por unos minutos en "bucle" mientras se rehace. Entrar en "bucle" consiste en repetir una y otra vez su letanía sin esforzarse hasta que llegue la llamada buena, la que vuelve a activarle. El camaleón lo tiene difícil para entrar en "bucle", algo que a veces es necesario, ya que por su propia naturaleza carece de un discurso fijo.


La mantis religiosa

La mantis religiosa es un insecto pequeño que esconde a un depredador temible. Siempre atenta, nunca baja la guardia, tiene un cuello que puede girar 180º para observarlo todo, se camufla bien y no tiene piedad, tanto es así que las hembras pueden llegar a comerse la cabeza del macho con el que acaban de copular. El teleoperador-mantis religiosa se da más entre las mujeres; son melosas, manejan como ningún otro depredador el tono de voz, la palabra "cariño" forma parte de su arsenal de caza y, con la misma frialdad que las hembras de mantis religiosa, son capaces de comerle la cabeza al cliente hasta que este, sin saber cómo ni por qué, accede a todo lo que le pidan.


La planta carnívora

No corre, no salta, no vuela, y sin embargo se trata de un depredador efectivo, aunque algo aburrido de escuchar. Al contrario que el camaleón, el teleoperador-planta carnívora siempre hace lo mismo, se presenta igual y rebate con las mismas frases. Su éxito depende, sencillamente, de esperar con paciencia a que haya un cliente incauto que le aguante por cualquiera que sea el motivo. El éxito del teleoperador-planta carnívora se basa en dos armas: estadística y perseverancia: si repite el suficiente número de veces la misma letanía, de modo indefectible acabará por caer alguna presa.


El perro

El perro es afable, cordial y simpático. También es así el teleoperador-perro, empatiza rápidamente con el cliente, le entiende y sabe caerle bien, rechaza cualquier atisbo de discusión y jamás pierde la sonrisa telefónica. El teleoperador-perro no es un depredador, es una víctima destinada a engrosar las filas formadas por todos aquellos que, al cabo de un mes o dos, dejarán la silla vacía para que la ocupe otro. El lugar natural del perro es la recepción de llamadas, donde será valorado y seguramente le aguarde un largo porvenir.

¿Y tú qué eres, presa o depredador?


Quique Castro.


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